viernes, 1 de junio de 2012

EL NO RETORNO




EL NO RETORNO
por Francisco-Manuel Nácher

Cuando un hombre ha dado el primer paso hacia el Sendero de la
Realización (y ese paso se da al preguntarse seriamente "¿yo quién soy y qué hago aquí y por qué?"), ya no puede volver atrás. Desde ese momento ya es otro. Ya todo ha cambiado para él.
Y, cada vez que en ese Sendero, que así se inicia, se realiza un nuevo hallazgo y se sube un escalón y se consigue una ampliación de conciencia, es más difícil volver atrás. Y sólo hay ya una posibilidad recomendable:

Seguir adelante.

Este hecho que, a primera vista, parece limitador, resulta ser, sin
embargo, todo lo contrario. Porque esa idea confusa que todos tenemos, allá dentro, de la felicidad, la belleza, la sabiduría, la justicia, la bondad, la salud, la divinidad, etc., se siente más y más próxima, más y más clara, más y más accesible, tras cada paso de avance en el Sendero. Y uno empieza a participar de placeres antes ni siquiera imaginados que, a su vez, le impulsan a seguir hacia delante en ese Camino maravilloso que, si bien, visto desde fuera, por los que aún no lo han hollado, está lleno de espinas
(“el Sendero es angosto y empinado”) la realidad es que, para los que por él avanzan, resulta mágico y reconfortante (“mi carga es suave y mi yugo, ligero”).
El único problema molesto y sorprendente, durante los primeros
pasos en el Sendero, estriba en que, como uno va comprendiendo el cómo y el por qué de las cosas, y concienciándose de las razones internas de los procesos externos, cada vez se le hacen más patentes sus propios errores, los defectos de su conducta, la negatividad de sus hábitos. Y lo que antes era admisible, ahora ya no lo es. Y ello hace que muchos se desanimen al
interpretar ese fenómeno, erróneamente, en el sentido de que, apenas empezaron a pretender caminar por el Sendero, "todo comenzó a salirles mal". No se dan cuenta de que, precisamente, esa es una señal inequívoca de que están avanzando, de que sus puntos de vista son ya otros, de que dominan campos que antes ignoraban, de que han dado un paso del que ya nunca podrán volver. Porque los conocimientos adquiridos en este campo
no se olvidan jamás. Por eso unos, los pusilánimes se acobardan y se quedan en magos negros, utilizando los conocimientos adquiridos en su propio beneficio, mientras que los otros, los que comprenden el sentido de aquellas palabras de Cristo "el que no está conmigo, está contra mí", ésos se convierten en magos blancos y colaboran altruistamente con su Creador, en armonía con Él y con la Creación toda. Pero, una vez se ha comenzado a hollar el Sendero, atrás no vuelve nadie.


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EL ESCÁNDALO




EL ESCÁNDALO
por Francisco-Manuel Nácher

“Es necesario que haya escándalos. Pero, ¡ay del hombre por quien
viene el escándalo!… más le valdría que le atasen una rueda de molino al cuello y lo arrojasen a lo más profundo del mar” (Mateo 18:6 y 7).

¿Por qué es necesario el escándalo? Es una clara referencia a la
libertad individual. El mal es la contraparte del bien, pero también es obra de Dios. Y es necesario para que, cometido el error, aprendamos de sus consecuencias indeseables. Por eso es necesario. Pero, cometer o no el error, eso es cosa de nuestro libre albedrío, de cuyo uso somos responsables. El aprendizaje del que camina a ciegas es duro. Y por eso “más le valdría…”

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EL FUNCIONAMIENTO OCULTO DEL HOMBRE





EL FUNCIONAMIENTO OCULTO DEL HOMBRE
por Francisco-Manuel Nácher

Se nos dice que nuestro cuerpo de deseos tiende al egoísmo y que
trata de dominar al cuerpo mental, más débil por más joven, para que trabaje en su beneficio. Y se nos dice que, dado que la nota clave del cuerpo etérico es la repetición, debemos repetir las buenas acciones, los buenos deseos y los buenos pensamientos.
Pero, ¿todo eso por qué? ¿Que hay detrás de todo ello? ¿Por qué
motivo el cuerpo de deseos ha de tender a lo egoísta, a lo negativo, a lo bajo? Si esto lo tenemos claro, comprenderemos todo lo demás.
Vamos, pues, a tratar de tenerlo claro:
Sabemos que nuestro cuerpo de deseos, así como nuestro cuerpo
mental, en otro plano, son sendos ovoides compuestos, respectivamente, de materia de deseos y de materia mental. Precisamente, debido a que nuestro cuerpo físico ha llegado - y sobrepasado ya - el nadir de la materialidad
como organismo compuesto, tiene una forma concreta y permanente. Y sabemos que nuestro cuerpo etérico, es una copia exacta del mismo, átomo por átomo, con la sola diferencia, que a estos efectos es irrelevante, de que, si el cuerpo físico es masculino o positivo, el etérico es femenino o negativo, y viceversa.
Sabemos que, cuando se inicia el proceso de cualquiera de nuestros
renacimientos, allá en el tercer cielo, el Ego comienza a descender, es decir, a cubrirse de materia cada vez más densa y que, para ello, los átomos-simiente del cuerpo mental, primero, y del cuerpo de deseos, después, atraen materias de sus respectivos mundos, que vibren en sintonía con su propia vibración, para formar así ambos vehículos. De modo que, completados ambos cuerpos, la materia que los forma vibra exactamente como corresponde a la evolución alcanzada. O sea, que cada vida recomienza siempre donde se dejó, tras la muerte y el paso por el purgatorio y los tres cielos.
Sabemos que los cuerpos mental y de deseos, al ser materiales, - si
bien de materias menos densas que los cuerpos físico y etérico - pueden contener una cantidad determinada de materia y no más.

Pero, - y esto es importante - ¿qué clase de materia? Lógicamente,
materia elemental de los mundos correspondientes (Mundo del
Pensamiento y Mundo del Deseo).
Pero la materia de ambos mundos no es toda elevada, ya que ambos
constan de siete regiones, de densidad creciente, a medida que descienden y se alejan de Dios. Hay, por tanto, gran cantidad de materia inferior, más densa, y que vibra negativamente. Y esa materia es la que nuestro espíritu, al descender al renacimiento, irá atrayendo, si es que su espiritualidad no es muy elevada, para formar sus cuerpos mental y de deseos.
¿Y qué es la materia elemental? Pues es una sustancia muy primitiva, que aún está en plena involución, es decir, descendiendo a la materialidad y que, por tanto, aún no ha alcanzado ni siquiera el estado mineral. Y que, para descender a la materialidad, necesita, obviamente, “mineralizarse”.
Pero, ¿cómo se mineraliza lo que aún no es mineral? Mediante
vibraciones progresivas, cada vez de inferior intensidad espiritual, ya que la involución se aleja progresivamente de Dios, fuente de todo. Y, por tanto, cuanto más densa es una materia, más baja es su vibración espiritual, pero más elevada es su tasa vibratoria “negativa”, tanto en el mundo mental como en el de deseos y en el etérico.
¿Y qué vibraciones son las que facilitan la materialidad?. El egoísmo, la crueldad, la avaricia, la soberbia, la lujuria, la cólera, la envidia, la pereza, la gula, el odio... lo que las religiones llaman, en general, los pecados. Y es lógico. Porque, si Dios es la fuente del amor, opuesto a todos los pecados, cuanto algo más se aleje de Él, tanto menos lo sentirá y más se inclinará hacia lo opuesto, el desamor, el egoísmo, fuente de todos ellos.
Esa sustancia elemental, compuesta de infinitas vidas aún no
conscientes y que tienen la particularidad de poder agruparse y mostrar cierta voluntad rudimentaria que las impulsa en un sentido determinado, siempre buscando las vibraciones afines a la suya, es la materia prima que más, positiva o negativamente, influye en la constitución de nuestros vehículos.
Nos conviene, además, tener claro:
1º.- Que, debido a que los distintos mundos se interpenetran, es decir, que el mundo mental interpenetra al mundo del deseo y éste al mundo etérico, también nuestro cuerpo mental interpenetra a nuestro cuerpo de deseos y éste a nuestro cuerpo etérico. Y eso quiere decir que la sustancia elemental de cada una de las capas de esos mundos está en íntimo contacto con la materia de la capa correspondiente de los mundos contiguos. Y, por tanto, si vibra la materia mental inferior del cuerpo mental, hace vibrar a la materia de deseos inferior, y ésta, al éter inferior. Y si vibra el estrato superior del cuerpo etérico, hace vibrar a la capa superior del cuerpo de deseos, y ésta, a la capa superior del cuerpo mental. El fenómeno, pues, se produce en todas direcciones: De arriba abajo, de bajo arriba o del centro hacia arriba y hacia abajo.

2º.- Que estas materias, cuanto más elevadas, y por tanto menos
densas, con más distancia entre sus átomos, mayor espacio ocupan, es decir que, no sólo interpenetran a la siguiente en densidad, sino que, además, la exceden en tamaño, sobresalen de ella. Así que, lo mismo que el cuerpo etérico sobresale del cuerpo físico además de compenetrarlo, el cuerpo de deseos sobresale del cuerpo etérico, además de compenetrarlo y el cuerpo mental sobresale del cuerpo de deseos además de compenetrarlo.
3º.- Que el cuerpo etérico, debido a que tiene por nota clave la
repetición, tiende a reproducir sus propias vibraciones, por lo que es el único capaz de crear hábitos, para lo cual no hay más que repetir varias veces una determinada actuación. La materia etérica se encargará, una vez adquirido el hábito, de actuar por sí sola, repitiéndolo siempre que tenga ocasión. Y, lógicamente, haciendo vibrar a la materia de deseos que, teniendo su misma vibración, esté en íntimo contacto con ella porque la está compenetrando. Y otro tanto ocurrirá con la materia mental de la misma capa vibratoria.
4º.- Que la única manera de hacer desaparecer un hábito consiste en adquirir otro que ocupe su sitio.
Por supuesto, hay materia elemental que ya está en la vía de la
evolución, que se está espiritualizando, es decir, regresando a Dios -
piénsese, como algo ya muy avanzado y materializado y animado, en las vidas que los millones de células que forman nuestro cuerpo físico representan - y también ella, como es lógico, busca y promueve vibraciones que le sean afines, y tiende hacia las más intensas espiritualmente. Y de ambas clases de materia elemental tenemos en nuestros vehículos. Pero, como la mayor parte de la Humanidad aún estamos muy atrasados en la evolución, casi toda la materia que compone nuestros vehículos, es de la clase más grosera. Y, por tanto, tendemos hacia abajo, nos atraen los vicios y nos repele la virtud, buscamos lo que llamamos la “libertad” sin darnos cuenta de que lo que hacemos con ello es esclavizarnos cada vez más, al adquirir hábitos negativos que nos impelen a repetir acciones, deseos y pensamientos de bajas vibraciones.
Si nos concienciamos firmemente de que nosotros no somos nuestros cuerpos, sino un espíritu que los ocupa y utiliza, lo tendremos todo más fácil. Sólo habremos de, antes de actuar, desear o pensar, preguntarnos honestamente: ¿esto lo deseo yo o lo desea la materia inferior de alguno de mis cuerpos? Entonces, y sólo entonces, tendremos clara cuál ha de ser nuestra línea de actuación. Y sólo nos quedará poner en funcionamiento la
voluntad para vencer las tendencias naturales de la materia elemental inferior - las tentaciones - que constituye la porción mayor de nuestros cuerpos.
Porque, ¿qué ocurre si vencemos las vibraciones negativas de la
soberbia, por ejemplo, y las sustituímos por las de su opuesta la humildad?
Pues ocurre que, automáticamente, la materia elemental que busca y que necesita la vibración de la soberbia se ve expulsada de nuestro cuerpo de deseos y, en su lugar, entra en él la misma cantidad de materia elemental, pero con la vibración de la humildad.
Por supuesto, ese fenómeno será instantáneo. Y, seguramente, si no
estamos muy vigilantes, al menor descuido, a la menor recaída en el
antiguo hábito de acción, pensamiento o deseo, la materia elemental expulsada, será atraída magnéticamente por nuestro cuerpo de deseos y volverá a penetrar en él y expulsará a la materia afín a la humildad.
¿Qué hacer, pues? También está previsto y también se nos ha
enseñado: Atacar al cuerpo de deseos por dos frentes a la vez, por arriba y por abajo. Por arriba, desarrollando la mente, el intelecto, sometiéndolo al mandato del espíritu, - tengamos en cuenta que la mente abstracta forma ya parte del triple espíritu - haciéndolo funcionar debidamente y no dejarse llevar, sin reflexionar, ni dejarse convencer sin ver las cosas claras, e influyendo así al cuerpo de deseos en la misma dirección. Y, por debajo,
mediante la repetición de buenas acciones, pensamientos y deseos que harán que, el cuerpo vital, cuya nota-clave es la repetición, una vez adquirido un buen hábito, tienda a repetirlo sin esfuerzo y a transmitir, permanentemente, esa vibración al cuerpo de deseos.
No se trata, pues, de no tener deseos, de matar el deseo, como
algunos propugnan, puesto que el deseo es necesario para la evolución. Lo que hay que fomentar son los deseos positivos. Y eso sólo se puede lograr, por un lado, teniendo las ideas claras y, por otro, sustituyendo los hábitos negativos por otros positivos.
Por supuesto que no es fácil. Pero, conociendo los mecanismos,
resulta posible. Recordad aquello de “La verdad os hará libres”.

No olvidemos que la materia elemental tiende por su propia
naturaleza a fomentar, para sobrevivir, la vibración que le es propia. Por tanto, cuanta más materia elemental positiva acumulemos en nuestros vehículos, más fácil nos resultará hollar el Sendero.
Es lo mismo que se nos recomienda para nuestro cuerpo físico: No
comer carne, llena de vibraciones de terror y de instintos animales; no tomar drogas; no fumar; no tomar café ni te ni alcohol; proporcionarnos alimentos sanos y sin exceso; cuidar nuestra higiene, adquirir buenos hábitos de conducta, etc.
¿Y qué se nos ha dicho, a este respecto, en cuanto a nuestro cuerpo
etérico? Que, cuando hayamos desarrollado debidamente los éteres
superiores, el de luz y el reflector, que forman el cuerpo del alma, el
vehículo para viajar por los otros mundos, entonces, los dos éteres
inferiores, que responden a las vibraciones más bajas, irán siendo
sustituidos por aquéllos, que asumirán sus funciones.
¿Y, qué ocurre cuando toda la materia que contienen el cuerpo
mental y el cuerpo de deseos es elevada? Pues lo que sucede con los cuerpos mental y de deseos de los iniciados y de los adeptos: Que sus auras crecen y son capaces de abarcar una zona inmensa y de influir con sus potentísimas vibraciones a todo el que a ellos se aproxima.
Pero hay aún algo más, mucho más, muy importante, que conviene
que sepamos: Como los dos éteres superiores del cuerpo etérico (de Luz y Reflector) están compenetrados por la materia de las dos regiones superiores del Mundo del Deseo, y éstas por las dos regiones superiores del mundo del Pensamiento, que pertenecen a la Región del Pensamiento Abstracto, de cuya materia está formado nuestro Espíritu Humano, componente inferior de nuestro triple espíritu o Ego, esas vibraciones quedan ya grabadas en él Y, como el espíritu es permanente y no lo cambiamos con cada renacimiento, a diferencia de los vehículos inferiores
- cuerpo mental, de deseos, etérico y físico - aquellas vibraciones quedan ya definitivamente en el espíritu como adquisiciones y facultades que le permiten manejar y utilizar más acertadamente sus vehículos inferiores y acelerar así su propia evolución y la de los demás.
Recordemos también que el cuerpo físico de Jesús, debido a lo
elevado de sus vibraciones, apenas fue abandonado por el espíritu de Cristo, se desintegró y fue imposible encontrarlo en la tumba.
Resumamos, pues: Tener claro si cada uno de nuestros deseos es
nuestro o es de nuestros vehículos. Si es nuestro, actuar. Si no, reflexionar y decidir consecuentemente. Ello nos hará adquirir hábitos positivos, que, al poco tiempo, harán innecesaria la reflexión antes de actuar. Y tener presente que, toda ampliación de los dos éteres superiores es, prácticamente, definitiva.


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martes, 15 de mayo de 2012

EL HUMOR



EL HUMOR
por Francisco-Manuel Nácher

Todo hombre es un buscador. Todo hombre siente la necesidad de
hacerse ciertas preguntas y de darse ciertas respuestas, relativas ambas a su propio ser, a su existencia, a su origen, a sus relaciones con sus semejantes y con las cosas, a su vida, a su futuro y a su fin. 
Ésa es la prerrogativa del ser humano. Y la causa de algo también exclusivo del hombre, que llamamos humor.

El humor es una postura, más o menos espontánea, natural o
consciente, pero siempre y exclusivamente humana y siempre
consecuencia del estado en que se encuentran esas pesquisas existenciales que cada uno tenemos que culminar, descifrando el gran enigma de la vida.

El humor, pues, es un modo de ser, un modo de estar, de ver las cosas, de verse uno mismo y de ver a los demás; y de reaccionar a esa visión. Y, como modo de ser que es, se manifiesta siempre al exterior. Por eso "la cara es el espejo del alma". Y, como postura que es, ante la vida, tiene varios grados, expresión del nivel que cada uno ha alcanzado en esa búsqueda interior necesaria e inevitable.

Y, como es una característica humana, ningún animal tiene sentido
del humor. Tan sólo dos animales son capaces de reír: La hiena y el
papagayo. Y sus risas sólo lo son aparentemente.

El humor tiene sus gradaciones que van, desde el cinismo hasta la
risa, pasando por la ironía y la sonrisa.

Pero, ¿por qué esa gradación? El hombre, en su búsqueda, consciente o inconsciente, pero inevitable, de sí mismo, puede llegar a un punto en que se convenza de que no ha aclarado nada y pierda la confianza en aclarar algo alguna vez sobre su "seidad". 

Éste es el cínico, el que, como la hiena, se alimenta de carroña y, convencido de su propia incapacidad, se dedica, envidioso, a desacreditar, a despreciar, a destruir; en una palabra, a
desanimar a los demás buscadores para evitar que encuentren.

La ironía es el siguiente escalón. Y es utilizada por el que, no
habiendo perdido aún la esperanza de aclarar su problema existencial, no se atreve a desanimar a los otros pero, en su fuero interno, desea que no lleguen. Su "risa" es la del papagayo, una risa huera, vacía, sin fundamento, inauténtica y, como tal, responsable.

Le sigue la sonrisa, que es patrimonio de muy pocos. Porque es
consecuencia de un contentamiento interno, derivado de las propias
adquisiciones, de las propias vislumbres, de la seguridad de que se está en el buen camino y de que, se llegue o no, se sabe ya que a toda nuestra existencia subyace algo firme, santo y bueno que le sirve de base y cimiento. La sonrisa es la conciencia de las propias capacidades y de la consiguiente pérdida del miedo. Es el estado anímico perfecto. Es el equilibrio.

Y, por encima, aunque no superándola, se sitúa aún la risa, que no es más que la expresión sonora del exceso de confianza y que, como todos los excesos, es injustificada e irracional. Es la impotencia reconocida, como el cinismo, pero sin traumas; la inconsciencia. Es una huida hacia delante, un escaparse del problema que supone no haber aclarado nada.

Cuando veas, pues, un cínico, compadécelo y aléjate. Cuando veas
un irónico, échale una mano aunque es casi seguro que no te la aceptará.

Cuando veas un "reidor", échale también una mano, porque éste sí puede que te la acepte. Y, cuando veas un hombre que sonríe, síguelo y aprende de él y sonríe con él.

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EL FUEGO CREADOR



EL FUEGO CREADOR
por Francisco-Manuel Nácher

El fuego, nos dice Max Heindel, está en todas partes. Toda la
materia es combustible. Las Salamandras (espíritus de la naturaleza del elemento “Fuego”) están en todo y pueden hacerlo arder todo.
Pero, para producir fuego son necesarias dos cosas: las dos
polaridades y la fricción entre ambas.

Así ocurre, durante las tormentas, entre nubes de distinta polaridad.
Entre el palo y la madera, de la que el hombre primitivo extraía el
fuego.

Entre el metal y la piedra de esmeril que lo desgasta.
Entre el pedernal y el metal que lo raspa.
Entre el hombre y la mujer.
Entre los animales.

Siempre la fricción. Cuando dos cuerpos se frotan, se produce
calor, cuya manifestación es el fuego y cuya expresión es la luz.

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EL DOLOR




EL DOLOR
por Francisco-Manuel Nácher

El dolor es la manifestación física, emocional o mental de la
resistencia que la materia de tales planos opone a ser movida, o utilizada de modo distinto al habitual. Por eso el dolor sólo se da en la personalidad y no en los vehículos espirituales superiores.
Ésa es la razón de que los astronautas se hayan de adaptar, no sólo
física, sino emocional y mentalmente, a la falta de gravedad. Porque el cuerpo físico ha evolucionado contando con ella, para vivir en ella y, cuando le falta, sufre. Y los huesos, construidos, laboriosamente a lo largo de millones de años, para soportar todo el cuerpo en determinadas posturas y con la gravedad como condición básica, se descalcifican por falta de actividad, y la estructura que son, se resiente. Y surge, de modo natural, el dolor físico.
Pero esa adaptación produce también dolor emocional, ya que
obliga al interesado a orientar sus deseos y sus movimientos en sentidos hasta entonces desconocidos y a experimentar sentimientos nuevos.

Y, del mismo modo, la mente se ve en la necesidad de idear nuevos
modos de accionar los resortes del cuerpo y de resolver las situaciones que, continuamente, le surgen. Y eso produce dolor mental.

El campesino, que domina su medio y se siente cómodo en él,
trasladado a una gran urbe, sufre y siente dolor en su materia de los tres planos: el caminar entre multitudes o el viajar en los medios de
transporte urbanos, le produce cansancio físico; los sentidos no le
funcionan igual; su orientación, sus respuestas a los nuevos estímulos no son las apropiadas, y surge el nerviosismo, la tensión y el miedo a situaciones nuevas o peligrosas. Y eso es dolor emocional. Desde el punto de vista mental, sucede lo mismo, pues ha de poner atención donde antes no había de ponerla y sacar conclusiones nuevas de sucesos nuevos y enfrentar dificultades de todo tipo, que siempre exigen vencer la inercia de la materia mental. Y esa resistencia de la materia física, emocional y mental a ser movidas de modo distinto al habitual, se manifiesta como “dolor”, como “sufrimiento”.

Por eso el Sendero, que nos exige continuamente el vencer la
inercia de la materia de los tres planos que constituyen nuestros
vehículos, desde determinado punto de vista, produce “dolor”. Y por esose le llama la “Vía Dolorosa”. Del mismo modo que, cuando hacemos un ejercicio físico que mueve músculos no acostumbrados a actuar, las agujetas subsiguientes nos demuestran que esos músculos no se ha atrofiado y que pueden realizar su función si los ejercitamos debidamente, cuando, en el Sendero espiritual, miramos a la meta, y suspiramos por la elevación y la comprensión y el conocimiento, cualquier dolor resulta insignificante y se convierte en un acicate más, puesto que nos demuestra que caminamos y sabemos que ese caminar nos acerca a la consecución. 

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martes, 8 de mayo de 2012

EL DIOS TRASCENDENTE Y EL DIOS INMANENTE



EL DIOS TRASCENDENTE Y EL DIOS INMANENTE
por Francisco-Manuel Nácher

A primera vista se percibe que, si Dios está en todas partes, todas
esas partes deben contener a Dios y, aunque sea en una pequeña porción, son Dios. A pesar de eso, ha prevalecido la idea de un Dios trascendente, lejano, inalcanzable, que juzga y premia o castiga.

Y no se nos ha recalcado lo suficiente la presencia del Dios
inmanente, del Dios interno, esa parte de Dios que tenemos dentro y que es el verdadero Dios. Y nos hemos pasado la vida o, por mejor decir, las vidas, buscando a Dios en el cielo, en los templos y en el más allá, sin percatarnos de que está dentro de nosotros, pero dentro de nosotros aquí y ahora, a nivel físico, de que duerme en nosotros y de que hemos de despertarlo y alimentarlo y hacerlo crecer para que tome las riendas de nuestras vidas y éstas lleguen a ser lo que siempre debieron: una manifestación externa del amor de Dios y de la vida de Dios.

El siguiente paso consistirá en concienciarnos de que nuestro Dios
Interno no sólo es nuestro, sino que es uno y el mismo que el de los
demás, y que por eso es negativo el egoísmo y son negativas la
segregación y la exclusividad, y por eso todos somos los custodios de nuestros hermanos, y por eso no podemos ser felices mientras un hombre explote a otro o desprecie a otro, y no podemos sentirnos satisfechos mientras un hombre sufra o una madre llore su pobreza y su impotencia o un niño muera de hambre.

Porque, cuando un ser humano sufre, aunque no nos demos cuenta,
aunque no lo queramos aceptar, está sufriendo toda la humanidad.

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