jueves, 26 de abril de 2012

EL DESPERTAR DEL ESPÍRITU




EL DESPERTAR DEL ESPÍRITU
por Francisco-Manuel Nácher

Como estudiantes de las Enseñanzas de la Sabiduría
Occidental, sabemos que nuestro verdadero yo, nuestra Mónada,
nuestro Espíritu Virginal, se encuentra en el Mundo de los
Espíritus Virginales, un plano, inmediatamente inferior al
Mundo de Dios, en el que posee una conciencia colectiva y en el
que, lógicamente, no se conoce el mal.
Porque el mal, como valor absoluto, no existe. No puede
existir. Si todo está en Dios y todo lo existente ha sido creado
por Él, y todo está compenetrado por Él, el mal no tiene cabida
en el universo. Lo que sí existe es lo que nosotros llamamos el
MAL. Pero ese mal es sólo un concepto relativo porque, lo que
para unos es mal, para otros no lo es o, incluso, es un bien.
¿Quién puede negar que una operación de apendicitis es un bien
para el cuerpo enfermo que se salva de una muerte cierta,
mientras que es una muerte cierta para las células que forman
parte del apéndice desechado? ¿Y quién puede negar que, si
queremos evolucionar, siquiera sea físicamente, hemos de
desprendernos de nuestro cuerpo físico viejo, ajado, enfermo e
inservible para nuevas experiencias – lo cual supone un mal para
él pero un bien para el espíritu - y hemos de sustituirlo por otro
nuevo, joven, mejor construido y capaz de nuevas vivencias y
nuevos avances?
Recordemos que, en el Libro de Job, el espíritu del mal es
considerado como una criatura más de Dios. Y en la inmortal
obra de Goethe, Fausto, también Mefistófeles dialoga con Dios
como una de sus criaturas e, incluso, cuando Fausto le pregunta
quién es, no puede por menos de responder: soy aquél que,
queriendo hacer al mal, acaba haciendo el bien. Porque el mal
es, como nos enseña Max Heindel, sólo bien en formación.
El mal, pues, no existe como tal. Es sólo una valoración
subjetiva de unas circunstancias dadas, en base a determinadas
referencias innatas o adquiridas.
Con eso in mente, nos resulta ya fácil comprender la
afirmación inicial de que en el Mundo de los Espíritus
Virginales no existe el mal. Aunque sería más exacto decir que
no existen ni el Bien ni el Mal, ambos, conceptos relativos y
siempre referidos el uno al otro.
Imaginemos a un ciego de nacimiento que, gracias a una
operación, adquiere la vista. A todos nos parecerá que con ello
ha resuelto su problema y se ha convertido en un hombre
normal.
Pero su problema o, mejor dicho, sus problemas, no habrán
hecho más que empezar. ¿Y, por qué? Porque, hasta ese
momento, su mundo estaba formado por las ideaciones por él
realizadas en base a los estímulos sensitivos que su oído y su
tacto le habían ido proporcionando a lo largo de los años.
Para una persona con vista, el campo visual está siempre
lleno de cosas. No hay vacíos. Veremos el cielo, el suelo, las
nubes, las personas, los árboles, el mar...llenándolo todo. Todo
estará en su sitio y no habrá ningún punto en el que, si miramos,
no veamos nada, como nos demuestra la máquina fotográfica
que, aunque enfoquemos sólo una persona, se empeñará en
recoger también su entorno, por la sencilla razón de que está ahí.
Está siempre ahí.
Pero, como hemos dicho, el mundo del ciego es distinto y
en él, lo que no sea ideación de estímulos táctiles o auditivos,
está vacío, sin nada que lo llene, sin ninguna imagen.
¿Y qué ocurre cuando ese ciego de nacimiento adquiere la
vista súbitamente? Pues le ocurre que empieza a percibir formas
y colores y movimientos que, para él, son completamente
nuevos, que no había percibido nunca y sobre los que, por tanto,
no había podido hacerse ninguna idea; que se ve inmerso en un
mundo que no sabe interpretar. Verá, por ejemplo, los árboles,
pero no sabrá lo que son. Verá a sus parientes y amigos, pero no
los reconocerá. Se verá, incluso a sí mismo en un espejo, pero
no sabrá quién es. Y no sabrá traducir a datos aprovechables
todos los estímulos ópticos que llenan su recién adquirido
campo visual. Lo cual le producirá una sensación de hallarse
totalmente perdido, sin referencias, sin posibilidad de
orientación ni de ubicación ni, consecuentemente, de actuación,
y teniendo, para poderse sentir seguro, que cerrar los ojos y
recurrir a su antiguo sistema de percepción, interpretación y
actuación. En principio, pues, la adquisición de la vista no le
habrá aportado ninguna ventaja, sino sólo inconvenientes,
desorientación y problemas. Claro que, con el tiempo,
cometiendo muchos errores y ayudándose de sus antiguos
sentidos, irá identificando los objetos y seres de su entorno y
creando de ellos imágenes mentales, y empezará a apreciar las
ventajas del ver, frente a las antiguas de sólo oír y tocar.
Algo muy semejante le ocurre a nuestro Espíritu Virginal
cuando se ve introducido en cuerpos de materia, que le impiden
la percepción a la que estaba acostumbrado en su mundo.
Porque pasa de un plano, en el que el mal no existe, a otro en el
que sí que existe y actúa, y esa actuación resulta definitiva para
su propia evolución o despertar. Ese nuevo mundo le produce un
estado de estupor semejante al de nuestro ciego con la vista
recién adquirida.
Y, como nuestro espíritu se ve forzado a actuar y a
relacionarse para sobrevivir, lo hace sin distinguir el bien del
mal, ya que jamás en su mundo los ha distinguido porque no
existían. Y produce el bien y el mal. Y, si produce el mal, como
ese mal perjudica a otros, pone en funcionamiento la Ley de
Causa y Efecto, que hace que ese mal recaiga luego sobre él,
produciéndole vidas desgraciadas y llenas de problemas y
sinsabores.
Nuestro espíritu necesita, pues, comprender ese
mecanismo extraño que extrae un castigo de algo que, a su
modo de ver, no lo merece.
Y el medio para que comprenda, se le proporciona
mediante la muerte del cuerpo físico. Entonces, en el período
post mortem, puede ver las cosas desde su antiguo punto de
vista y desde el del mundo que acaba de abandonar y al que
habrá de volver. Y, con las enseñanzas que ello le proporciona,
puede crear un cuerpo más capaz para su próxima encarnación,
y puede orientarse mejor en ese mundo y tratar de dominarlo
dominándose a sí mismo en cuanto a sus inclinaciones que en
ese mundo inferior producen el llamado mal. En una palabra:
aprende a comportarse aquí como la Ley de Retribución exige
que es, curiosamente, lo mismo que en su mundo original hacía,
es decir, considerar a todos los demás seres como a sí mismo,
como formando con él un solo Todo, un solo Ser. Claro que, en
ese recorrido, además de haber descubierto que era distinto de
los demás, habrá conocido el Mal. Y eso supone dos pasos
importantes para su propia evolución como espíritu o, lo que es
lo mismo, para el avance en su propio despertar.
Esta es la historia de nuestro Espíritu. Y contiene la
sencilla explicación de todos los males que nos afligen. Una
explicación lógica, comprensible y suficiente para, una vez
asimilada, no sólo luchar por avanzar conscientemente nosotros
mismos, sino para comprender a los demás y justificar sus
errores como justificamos los del ciego que ha recobrado la
vista. Y para ayudarles a situarse debidamente en este mundo y
a ir ajustando su escala de valores a la que establecen las leyes
naturales.

* * *

martes, 10 de abril de 2012

LA INVERSIÓN DE TÉRMINOS



LA INVERSIÓN DE TÉRMINOS
por Francisco-Manuel Nácher

Se nos dice por la Sabiduría Occidental que somos seres en
evolución y que, como tales, tenemos un pasado, más imperfecto, y un futuro más perfecto.
Y sabemos que, cuando no teníamos mente, nuestra evolución se
desarrollaba gracias a las ayudas directas de jerarquías superiores. Pero que, desde el momento en que la mente se constituyó en el eslabón que conectaba lo superior y lo inferior, nos convertimos en hombres, pero hombres libres y, por tanto, responsables de nuestros actos.
Y se nos dice que la mente sirve, como un espejo, para reflejar lo
inferior en lo superior y lo superior en lo inferior.
Pero, ¿para qué hemos de reflejar lo inferior en lo superior, es
decir, en los vehículos superiores? Para que éstos, adquiriendo el
necesario conocimiento de los mundos más densos, puedan alimentarse con las tres almas construidas en cada renacimiento, tras cada estadía en ellos.
Y, ¿para qué el reflejo de lo superior en los vehículos inferiores?
Para orientar la evolución de éstos, y del hombre en conjunto, en la
dirección correcta.
Bien. Con estos datos, ¿qué debe darse antes, el reflejar lo de bajo
arriba o lo de arriba abajo?
Si sabemos de los problemas del Yo Superior para manejarse
envuelto en las materias de los mundos inferiores, habremos de concluir que lo primero debe ser que lo de bajo se refleje arriba, de modo que los tres espíritus, una vez adquirido cierto conocimiento de los planos de abajo, sientan interés y deseos de actuar en ellos y de dominar sus vehículos construidos de sus materias respectivas. Y entonces, sólo entonces, para tomar el mando de esos vehículos, es cuando lo de arriba habrá de reflejarse en lo de abajo

¿Y qué tenemos abajo? El cuerpo físico, el etérico, el de deseos y
el mental concreto.
¿Y arriba? El Espíritu Humano, de materia mental abstracta, el
Espíritu de Vida, el Espíritu Divino y la Mónada o Espíritu Virginal que realmente somos.
¿Y, de estos vehículos superiores, cuál es el que primero podemos
alcanzar? La mente abstracta, o sea, el Espíritu Humano.
Se nos enseña por Max Heindel que, dado que la nota clave del
cuerpo etérico es la repetición y que es él, precisamente, el vehículo de los hábitos, una manera de comenzar a dominar al cuerpo de deseos - tendente, por virtud de los elementales involucionistas de deseos, hacia lo negativo y basto - consiste en adquirir hábitos positivos que sustituyan a los negativos y, para ello, repetir pensamientos, emociones, sentimientos y actos positivos.
¿Y qué fuerza es la que nos hace sacar energías o nos sugiere,
desde abajo, tender hacia arriba? El dios Interno, que viene a ser el
reflejo simétrico, debajo, de la mónada, arriba.
Pero ése dios Interno, sabemos que duerme. Duerme hasta que lo
despertamos. ¿Y cómo lo despertamos? Gracias a los mensajes de arriba, a través de la mente. ¿Y como se manifiestan los mensajes a través de la mente? Como pensamientos. Luego, los pensamientos son la clave. Por eso, mientras no tuvimos mente, no hubo posibilidades de elevarnos, de desear el retorno a la Casa de Padre, de despertar al dios interno.
¿Y cuál es el proceso? Las ampliaciones de conciencia.
¿Y qué es una ampliación de conciencia? La comprensión
intelectual de una verdad eterna, de una ley natural, de un proceso
cualquiera, susceptible de ser comprendido y, luego, aplicado a todas las verdades, leyes o procesos similares.
Pues, si evolucionamos gracias a las sucesivas ampliaciones de
conciencia, y una ampliación de conciencia es una cuestión mental, no cabe duda de que la clave de la evolución está en la mente. Las
emociones, las aspiraciones, los sentimientos, los deseos, los hábitos, son ayudas, apoyos, colaboradores. Pero si la mente no se perfecciona y se desarrolla y aumenta ininterrumpidamente su comprensión y su sabiduría, la evolución no es posible.
Se puede ser muy bueno o muy piadoso o muy altruista o muy
filántropo o muy lo que se quiera, pero si eso no responde a una idea clara de por qué se hace, no sirve para nada, porque no es una actitud humana, ya que lo humano, por definición, debe ir necesariamente impregnado de lo mental. Es preciso que seamos los dueños de todos nuestros vehículos y ello implica, como condición sine qua non, que sepamos el cómo y el por qué y el para qué de nuestros actos.

Esto nos hace darnos cuenta de que, con mucha frecuencia,
invertimos los términos y anteponemos el efecto a la causa, al pensar, y aún enseñar que, si somos muy buenos y altruistas, alcanzaremos la Iniciación.
Porque la realidad es, precisamente, al revés: La bondad y el
altruismo son una consecuencia de la comprensión y del consiguiente servicio, y la santidad no es más que la consecuencia de sucesivas ampliaciones de conciencia, es decir, cuestión mental.
No se puede ser bueno ni se puede ser santo sin saber por qué ni
para qué. Por tanto, la clave no está en el aspecto emocional ni
ceremonial, sino en el trabajo permanente y sistemático para desarrollar la mente, con el fin de que controle al cuerpo de deseos y las vibraciones del Triple Espíritu puedan llegar, a través de él y del cuerpo etérico, al cerebro físico que es, al fin y a la postre, el que ha de dar al cuerpo físico las órdenes oportunas para que actúe a tenor de los mandatos de arriba.
De todo ello se deduce la importancia de la concentración, la
oración y la meditación. Porque sin ellas no es posible la evolución, no nos engañemos.

* * *

lunes, 19 de marzo de 2012

LA LEY DE REPULSIÓN



LA LEY DE REPULSIÓN
por Francisco-Manuel Nácher

Las desgracias, las enfermedades, las contrariedades, los fracasos y el
dolor en general, no son sino un anticipo del efecto de las fuerzas de
repulsión, pertenecientes al astral inferior, llamado también Purgatorio, y
que, atraídas por las de la misma vibración que nosotros hemos emitido, en
ésta o en otras vidas, con nuestros pensamientos, palabras, deseos,
sentimientos o actos negativos, hacen que actúen sobre nosotros en este
plano. Esas fuerzas groseras del Purgatorio son las que, una vez allí, nos
arrancan materialmente del cuerpo de deseos o astral la parte del mismo
que encarna el dolor que con ellos hicimos. O sea, que vibra como el mal
del que somos autores.

* * *


LA INFALIBILIDAD Y SUS RAZONES



LA INFALIBILIDAD Y SUS RAZONES
por Francisco-Manuel Nácher

El dogma de la infalibilidad pontificia y de los concilios tiene su
razón de ser, desde el punto de vista de los mundos ocultos. Lo curioso es
que la propia iglesia ignora esas razones. Veámoslas y hagamos algunas
consideraciones complementarias.

1.- La iglesia, desde que, en tiempos de Constantino, accedió a
convertirse en religión del imperio y, con ello, se sometió al poder civil,
fue perdiendo los conocimiento ocultos, base de la religión cristiana, los
mismos que el propio Cristo impartió en secreto a sus discípulos, como
repetidamente aseguran los Evangelios. Comenzó a dejar que el
emperador, que guerreaba, subyugaba, arrasaba, crucificaba y atropellaba
cruelmente a otros pueblos, exactamente lo contrario de lo que Cristo había
predicado, nombrase obispos y convocase los concilios y decidiese sobre
asuntos de fe. Y, como los emperadores no eran precisamente santos
iluminados, emplearon esas posibilidades en beneficio de sus propios
intereses terrenales y, con ello, los verdaderos cristianos, los depositarios
de ‘’la verdad’’, se empezaron a ver perseguidos y relegados por esos
obispos y esos concilios y, finalmente, tuvieron que ocultarse a la vista del
público, de donde les viene el nombre de “ocultistas”.

2.- El sacramento del orden, realmente establecido por Cristo y, sobre
todo, la consagración de obispos, verdaderos sucesores de los Apóstoles,
confiere a éstos últimos una estrecha conexión, una vía abierta, entre el
vehículo intuicional, o sea, el Espíritu de Vida, y el cuerpo etérico. Por
tanto, pueden recibir intuitivamente el conocimiento de la verdad.

3.- El conocimiento intuitivo, a diferencia del conocimiento
discursivo, que alcanza la verdad mediante el razonamiento, la contacta
instantánea y directamente. Es decir, la intuición nos proporciona
súbitamente la verdad y la certeza de poseerla, pero no las razones para ese
convencimiento ni la explicación de la verdad misma.

4.- Y de ahí deriva el problema: Los obispos saben intuitivamente lo
que hay que hacer, lo que hay que enseñar, lo correcto, lo que se ajusta a
las enseñanzas de Cristo, o sea, a las exigencias de las leyes naturales.
Saben por intuición que el mal uso de la fuerza creadora sexual es nefasto

para el hombre; que la vida es sagrada y está en el embrión desde el
momento de la concepción; que el cuerpo de la mujer, por tener una
configuración en todos sus vehículos exactamente opuesta a la del hombre,
le impide ser ordenada sacerdote etc.; y por eso predican la pureza y
condenan todo exceso sexual, anatematizan contra el aborto provocado, se
niegan a admitir la ordenación de las mujeres, etc. Pero no saben explicar
el por qué de su postura. Por eso, ante la certeza de que sus conocimientos
intuitivos contienen la verdad y ante la necesidad interna que sienten de
conducir a su pueblo por el camino correcto, y debido a la ausencia de esos
conocimientos ocultos que la iglesia perdió en el siglo IV, se ha visto en la
necesidad de exigir fe ciega a sus fieles.

5.- Tal estado de cosas ha podido perdurar mientras las masas eran
analfabetas e incultas. Pero, a medida que la instrucción se ha ido
generalizando y la gente ha ido empezando a pensar por su cuenta y a
hacer preguntas, la iglesia, privada de respuestas y de poder civil, se ha
visto obligada a adoptar una actitud defensiva, llenando la doctrina de
Cristo de dogmas - como el de la infalibilidad pontificia y de los concilios
- y de tabúes y de anatemas y de Índices de Libros Prohibidos y de
condenas de la interpretación personal de las Escrituras y de prohibiciones
de hablar a los teólogos, etc.

6.- El ocultismo cristiano, sin embargo, conserva aquellos
conocimientos ocultos y puede explicar, y de hecho explica, todo lo que la
iglesia es incapaz de aclarar. Por eso se ha dado, de modo cíclico, a lo
largo de los siglos, el acercamiento y el alejamiento entre los Hijos de los
Hombres - los clérigos - y los Hijos de la Viuda - los ocultistas - y han
producido, cuando han coincidido, grandes obras, como el templo de
Salomón - costeado por Salomón pero construído por Hiram Abif - o las
catedrales góticas - sufragadas por la iglesia pero construídas por los
maestros iniciados - y, cuando se han alejado, grandes persecuciones como
la Inquisición, el Índice o las excomuniones.

7.- En eso estamos. Una gran parte de la Humanidad, desilusionada
con la religión tradicional, que es incapaz de aclarar las cosas, se aleja de
ella y busca, donde puede, a alguien que lo haga. Y ahí está el peligro: Que
quien lo haga no actúe desinteresadamente, por amor, sin esperar nada a
cambio – “gratis lo recibís, dadlo gratis”, dijo Cristo a sus discípulos -
sino para amasar beneficios, prebendas, poder o, incluso, expresamente
para hacer el mal. Y la iglesia, cerrada en sus dogmas, cada vez más y más
herméticos y más inexplicados, mientras pierde seguidores en los países

más avanzados, sólo logra ampliar el número de fieles en los pueblos del
tercer mundo, la mayor parte de cuyas poblaciones aún no han llegado al
punto de hacerse y hacer preguntas y de exigir respuestas.
Es triste, pero es así. Cada cual, y es la ley natural, cosecha lo que ha
sembrado. Y no bastan la buena fe ni la buena intención. Hace falta el
conocimiento. Al fin y al cabo, como sabemos, el único pecado de la
Humanidad es el de la ignorancia.

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LA INEXACTITUD DE LA PALABRA





LA INEXACTITUD DE LA PALABRA
por Francisco-Manuel Nácher

El nombre de una cosa intenta siempre, en cualquier idioma, describir
o simbolizar alguna característica de la cosa nombrada, ordinariamente la
más importante o la más significativa, pero nunca todas las que en sí
posee, ya que resulta totalmente imposible. Cada palabra, pues, tuvo una
razón de ser y una intención cuando nació. Luego, por similitud, por
analogía, por proximidad, las palabras fueron - y siguen haciéndolo -,
derivando unas de otras, pero conservando esas dos características: Un
significado y una descripción o referencia. Aunque siempre parciales.
Y, como lo que usamos para comunicarnos son palabras, nos
transmitimos siempre un mensaje parcial.
De ahí la pobreza de la palabra hablada y, consecuentemente, de la
escrita, ante lo mucho que las cosas son y contienen y sugieren y
recuerdan; ante lo mucho, lo muchísimo, que habría que decir y que nunca
diremos, porque no sabemos y, por tanto, no podemos.
Cuando decimos "casa" o "bosque" o "mar", por supuesto
provocamos en quien nos oye la evocación de los estímulos sensoriales
relativos a esos objetos y la idea que los representa. Pero esa idea
responderá más a la creación del que nos oye o lee, por ese reflejo
condicionado que el sonido o la palabra escrita provoca en su mente, que a
lo que nosotros hemos pensado al pronunciarla o escribirla y, menos aún,
se aproxima a lo que esos objetos realmente son y significan y contienen
para nosotros.
Pero si, en vez de nombrar cosas concretas y perceptibles por los
sentidos, nombramos o escribimos sobre el "amor" o la "virtud" o la
"alegría" o la "amistad", ¿qué es lo que realmente estaremos
transmitiendo? Casi nada. Tan sólo provocaremos el reflejo condicionado
que hará que nuestro interlocutor o nuestro lector saquen de su propia
memoria los datos, las vivencias allí acumuladas y las hagan presentes a su
propio ojo interior. Pero eso no tendrá nunca nada que ver con lo que
nosotros hayamos visto con el nuestro en nuestra propia pantalla mental al
pronunciar o escribir aquellas palabras.

Y, si lo que pronunciamos o escribimos es el nombre de alguien, la
inexactitud es infinitamente mayor. Si decimos o escribimos "Juan", quien
nos oiga o lea traerá a su mente el recuerdo que tenga de cuantos Juanes
haya conocido. Y, si hablamos de un Juan concreto, visualizará lo que de
él sabe. Pero nunca lo que nosotros conocemos ni lo que, al pronunciarlo o
escribirlo, hemos visto, sentido ni pretendido expresar. Porque un hombre
es un mundo, un universo de vivencias, de experiencias, de ideas, de
sentimientos, de juicios, de comparaciones, de conclusiones, de
aspiraciones... y cada hombre tiene los suyos, absolutamente personales e
intransferibles.
Decir "Juan", pues, es no decir nada. O, mejor, es decir algo distinto,
completamente distinto para cada oyente o cada lector.
O sea que, por mucho que la memoria y la inteligencia y la voluntad
de quien nos oye o nos lee se esfuerce, nunca agotará el contenido de lo
que "casa" o "amor" o "Juan" significan y representan para nosotros.
De ahí la incomunicación o, por lo menos, el desentendimiento a que
estamos condenados.

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sábado, 10 de marzo de 2012

LA IMPORTANCIA DEL PENSAMIENTO




LA IMPORTANCIA DEL PENSAMIENTO
por Francisco-Manuel Nácher

Cristo dijo claramente:“Como una persona piensa en su corazón,
así es ella”.
Max Heindel insiste frecuentemente en que “el pensamiento es
creador”.
Shakespeare escribió: “Ninguna cosa es buena ni mala. Es sólo el
pensamiento el que las hace tales”.
Tenemos dos fuerzas internas: una conserva lo bueno que tenemos;
la otra, destruye lo malo para sustituirlo por algo mejor (unas veces es la
desgracia, otras la enfermedad, otras, la muerte). En todo momento ha de
actuar una de esas dos fuerzas. Y es la voluntad la que las pone en
funcionamiento a ambas.
Si accionamos la primera, y mientras lo hagamos, pensaremos que
somos felices y estaremos sanos, jóvenes, llenos de energía, buenos,
positivos, etc., porque renovaremos indefinidamente nuestra felicidad.
Pero, si nos distraemos o nuestra voluntad flaquea, estaremos
accionando la segunda y, entonces, pensaremos que somos viejos,
enfermos, desgraciados, tristes, o algo parecido, y lo seremos
Si, perennemente, sentimos gratitud, amor y alegría, seremos
felices. Si sentimos envidia, resentimiento, odio o miedo, seremos
desgraciados porque, en la vida del espíritu, no hay lugar para esos
sentimientos.
Dios quiere para sus criaturas la felicidad y, si armonizamos el
alma y el cuerpo con la felicidad, estaremos obedeciendo Sus leyes y
cumpliendo Sus deseos.

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LA INDIVIDUALIZACIÓN



LA INDIVIDUALIZACIÓN
por Francisco-Manuel Nácher

Hace mucho tiempo que me rondaba por al cabeza una pregunta que me
martirizaba porque no le había encontrado respuesta, y era ésta:
Si todos nacimos a la vez y éramos todos chispas divinas idénticas a la hora de
nacer en la hoguera divina, ¿cómo hemos podido llegar a una tan gran diferenciación
y ser tan distintos unos de otros, hasta el punto de que no hay dos hombres iguales?
Últimamente, esta pregunta me volvió a martirizar. Pero, como me había
ocurrido siempre, no me atreví a acometerla mediante una meditación por miedo a no
encontrarle la respuesta. Lo cual significaba una notable falta de confianza en mí
mismo.
Sin embargo, la respuesta estuvo siempre ante mis ojos, pero no la veía. Y,
como no la veía, se me hizo patente el domingo pasado de un modo muy ilustrativo.
La cosa ocurrió así:
Como cada domingo, para asistir a los Servicios Devocionales de mi Centro
Rosacruz en Madrid, fui en mi coche a la estación, lo aparqué y me dirigí a ella.
En la estación, para acceder al andén, hay que poseer, como es lógico, un ticket
o un abono. E introducirlo en la ranura de una de las cinco máquinas de control que
allí hay colocadas. Al introducir mi billete, la máquina me lo escupió
inmediatamente. Lo volví a introducir y me lo volvió a expulsar. Entonces lo
introduje en la máquina siguiente, que lo retuvo un momento, para expulsarlo
también; la tercera repitió el proceso pero antes me hizo creer, durante un rato, que se
lo quedaba, para terminar devolviéndomelo; y, por fin, la cuarta admitió mi ticket sin
problemas.
Esto ya me había sucedido algunas veces antes, pero no le había dado
importancia puesto que siempre se resolvió en alguna otra de las cinco máquinas
controladoras de la estación.
Pero el domingo pasado tenía aún flotando en mi mente la pregunta sobre la
individualización, así que la relacioné enseguida con lo sucedido con los billetes y las
máquinas y…la solución vino sola en esta serie hilvanada de hechos:
- Las máquinas son simple materia física con alguna ayuda de vibraciones
eléctricas y magnéticas que pertenecen al plano etérico. Pero no poseen ni cuerpo de
deseos ni, menos aún, mente de ningún tipo.
- Todas las máquinas, cuando nacieron, eran iguales y es de suponer que, al
principio de su actividad, reaccionaran todas igual, pues todas estaban constituidas
por las mismas piezas de los mismos materiales, funcionando del mismo modo y
haciendo el mismo trabajo.
- Sin embargo, desde su nacimiento habían cambiado, ya no actuaban todas

igual. Es decir que, ante el mismo estimulo, cada una reaccionaba de manera distinta.
- ¿Cuándo empezaron a diferenciarse? Seguramente cuando una mota de polvo
de un ticket o una caída de tensión eléctrica en una décima de segundo determinada o
un ticket defectuoso hicieron que se alterase su manera de reaccionar.
- Y, desde aquel instante, ya fueron distintas y siguieron caminos distintos, es
decir, produjeron efectos distintos en los varios viajeros cuyos billetes controlaron. Y
unos viajeros se enfadaron, otros desistieron y compraron un ticket nuevo, otros,
como yo, insistieron hasta ser aceptados o, incluso, alguno perdió su tren, con todas
las consecuencias de ello derivadas, a causa de la no admisión de sus tickets. O sea,
que en cuanto empezaron a actuar saliéndose de las normas, todas iguales, para las
que fueron creadas, empezaron a crearse un karma individual.
Ahí estaba, pues, la respuesta: si unas máquinas, compuestas exclusivamente de
materia física, todas con el mismo arquetipo inicial en todos los sentidos, y sin dejar
de ser simple materia física, se habían diferenciado tan pronto y actuaban de modo
distinto frente al mismo estímulo, ¿qué hubiera ocurrido si hubiesen adquirido un
cuerpo de deseos individual y una mente propia y eso hubiera ocurrido a lo largo de
millones de años? 
Y es que, si nos centramos en un asunto, siempre nos llega la solución del
problema. Sea el que sea.

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