martes, 10 de abril de 2012

LA INVERSIÓN DE TÉRMINOS



LA INVERSIÓN DE TÉRMINOS
por Francisco-Manuel Nácher

Se nos dice por la Sabiduría Occidental que somos seres en
evolución y que, como tales, tenemos un pasado, más imperfecto, y un futuro más perfecto.
Y sabemos que, cuando no teníamos mente, nuestra evolución se
desarrollaba gracias a las ayudas directas de jerarquías superiores. Pero que, desde el momento en que la mente se constituyó en el eslabón que conectaba lo superior y lo inferior, nos convertimos en hombres, pero hombres libres y, por tanto, responsables de nuestros actos.
Y se nos dice que la mente sirve, como un espejo, para reflejar lo
inferior en lo superior y lo superior en lo inferior.
Pero, ¿para qué hemos de reflejar lo inferior en lo superior, es
decir, en los vehículos superiores? Para que éstos, adquiriendo el
necesario conocimiento de los mundos más densos, puedan alimentarse con las tres almas construidas en cada renacimiento, tras cada estadía en ellos.
Y, ¿para qué el reflejo de lo superior en los vehículos inferiores?
Para orientar la evolución de éstos, y del hombre en conjunto, en la
dirección correcta.
Bien. Con estos datos, ¿qué debe darse antes, el reflejar lo de bajo
arriba o lo de arriba abajo?
Si sabemos de los problemas del Yo Superior para manejarse
envuelto en las materias de los mundos inferiores, habremos de concluir que lo primero debe ser que lo de bajo se refleje arriba, de modo que los tres espíritus, una vez adquirido cierto conocimiento de los planos de abajo, sientan interés y deseos de actuar en ellos y de dominar sus vehículos construidos de sus materias respectivas. Y entonces, sólo entonces, para tomar el mando de esos vehículos, es cuando lo de arriba habrá de reflejarse en lo de abajo

¿Y qué tenemos abajo? El cuerpo físico, el etérico, el de deseos y
el mental concreto.
¿Y arriba? El Espíritu Humano, de materia mental abstracta, el
Espíritu de Vida, el Espíritu Divino y la Mónada o Espíritu Virginal que realmente somos.
¿Y, de estos vehículos superiores, cuál es el que primero podemos
alcanzar? La mente abstracta, o sea, el Espíritu Humano.
Se nos enseña por Max Heindel que, dado que la nota clave del
cuerpo etérico es la repetición y que es él, precisamente, el vehículo de los hábitos, una manera de comenzar a dominar al cuerpo de deseos - tendente, por virtud de los elementales involucionistas de deseos, hacia lo negativo y basto - consiste en adquirir hábitos positivos que sustituyan a los negativos y, para ello, repetir pensamientos, emociones, sentimientos y actos positivos.
¿Y qué fuerza es la que nos hace sacar energías o nos sugiere,
desde abajo, tender hacia arriba? El dios Interno, que viene a ser el
reflejo simétrico, debajo, de la mónada, arriba.
Pero ése dios Interno, sabemos que duerme. Duerme hasta que lo
despertamos. ¿Y cómo lo despertamos? Gracias a los mensajes de arriba, a través de la mente. ¿Y como se manifiestan los mensajes a través de la mente? Como pensamientos. Luego, los pensamientos son la clave. Por eso, mientras no tuvimos mente, no hubo posibilidades de elevarnos, de desear el retorno a la Casa de Padre, de despertar al dios interno.
¿Y cuál es el proceso? Las ampliaciones de conciencia.
¿Y qué es una ampliación de conciencia? La comprensión
intelectual de una verdad eterna, de una ley natural, de un proceso
cualquiera, susceptible de ser comprendido y, luego, aplicado a todas las verdades, leyes o procesos similares.
Pues, si evolucionamos gracias a las sucesivas ampliaciones de
conciencia, y una ampliación de conciencia es una cuestión mental, no cabe duda de que la clave de la evolución está en la mente. Las
emociones, las aspiraciones, los sentimientos, los deseos, los hábitos, son ayudas, apoyos, colaboradores. Pero si la mente no se perfecciona y se desarrolla y aumenta ininterrumpidamente su comprensión y su sabiduría, la evolución no es posible.
Se puede ser muy bueno o muy piadoso o muy altruista o muy
filántropo o muy lo que se quiera, pero si eso no responde a una idea clara de por qué se hace, no sirve para nada, porque no es una actitud humana, ya que lo humano, por definición, debe ir necesariamente impregnado de lo mental. Es preciso que seamos los dueños de todos nuestros vehículos y ello implica, como condición sine qua non, que sepamos el cómo y el por qué y el para qué de nuestros actos.

Esto nos hace darnos cuenta de que, con mucha frecuencia,
invertimos los términos y anteponemos el efecto a la causa, al pensar, y aún enseñar que, si somos muy buenos y altruistas, alcanzaremos la Iniciación.
Porque la realidad es, precisamente, al revés: La bondad y el
altruismo son una consecuencia de la comprensión y del consiguiente servicio, y la santidad no es más que la consecuencia de sucesivas ampliaciones de conciencia, es decir, cuestión mental.
No se puede ser bueno ni se puede ser santo sin saber por qué ni
para qué. Por tanto, la clave no está en el aspecto emocional ni
ceremonial, sino en el trabajo permanente y sistemático para desarrollar la mente, con el fin de que controle al cuerpo de deseos y las vibraciones del Triple Espíritu puedan llegar, a través de él y del cuerpo etérico, al cerebro físico que es, al fin y a la postre, el que ha de dar al cuerpo físico las órdenes oportunas para que actúe a tenor de los mandatos de arriba.
De todo ello se deduce la importancia de la concentración, la
oración y la meditación. Porque sin ellas no es posible la evolución, no nos engañemos.

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