miércoles, 16 de enero de 2013

CRITICAR



CRITICAR
por Francisco-Manuel Nácher

Está de moda criticar, siempre que por criticar se entienda encontrar mal lo que hacen los gobiernos, las religiones, los empresarios, las instituciones, los vecinos y hasta los amigos y parientes, y asegurar que nosotros lo haríamos mejor. Y, claro, a poco que se piense, se descubre lo irracional de esa postura: Por un lado, porque carecemos de la información que los interesados poseen para actuar como actúan y, por otro, porque nuestra crítica nada aporta para solucionar el problema y sólo sirve para
nuestra autocomplacencia, convencidos como estamos de nuestra
sabiduría, nuestra agudeza y hasta nuestro genio. Pero ¿no sería más racional, más lógico y más constructivo que, en vez de estudiar y criticar a los demás nos estudiásemos a nosotros mismos y, comprobado, como comprobaríamos sin duda, que dejamos mucho que desear, nos dedicásemos con todas nuestras fuerzas a cumplir fielmente todas nuestras obligaciones de ciudadanos, de empresarios, de trabajadores, de padres, de esposos, de hijos, de religiosos, de miembros de asociaciones, clubs, etc.?

¿No funcionaría todo mejor y hasta quizá resultaría innecesaria la crítica?

Es, pues, mejor norma de conducta actuar correctamente y ver en los demás todo lo positivo, dejando que actúen como creen que deben hacerlo y opinar y aconsejar sólo si se nos pide opinión o consejo, que meter las narices donde no se nos ha llamado.

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lunes, 3 de diciembre de 2012

EL ARTE Y SUS INTERPRETACIONES




EL ARTE Y SUS INTERPRETACIONES
por Francisco-Manuel Nácher

Desde el siglo de Pericles, el arte se ha inspirado en el arte griego. No obstante, el arte griego fue uno de los caminos, uno de los muchos modos posibles de interpretar la naturaleza y sus fuerzas internas, y de plasmarlas.

Antes de la Grecia Clásica, sin embargo, hubo otros sistemas, otras
visiones, otras percepciones y consiguientes plasmaciones de la realidad, caminos que quedaron prácticamente “prehistorizados”, olvidados, preteridos, despreciados, y que murieron como consecuencia de su abandono.

Pero estaban ahí, habían nacido legítimamente y eran un patrimonio
de la Humanidad, en cuanto suponían otra manera de ver las cosas, cuando el hombre no empleaba preponderantemente la razón para interpretar la naturaleza y sus fenómenos.

Por supuesto, los restos arquitectónicos y las obras de los primitivos
actuales son muestras de esas visiones, de esas percepciones, de esas manifestaciones, distintas de la griega. Pero todas ellas tenían, y tienen, un elemento común: La visión sacralizada del Cosmos y de todo lo que contiene. Tan legítima, no sólo como sensación, como percepción, como concepto, sino como sistema de manifestación, como arte.

Los movimientos cubistas, futuristas, surrealistas, etc., en el fondo,
no han sido sino búsquedas de percepción y de expresión por caminos distintos del seguido por el arte desde Pericles hasta nuestros días. Lo que ocurre es que, como estamos habituados a lo griego, todo otro camino, toda otra interpretación nos parece extraña, inaccesible, y exige un esfuerzo de comprensión.

Y ahí está la clave: No hay que esforzarse desde lo conocido, desde
lo habitual, y comparar y sacar conclusiones. No. Hay que recurrir a lo desconocido o, mejor, a lo olvidado por falta de uso, a lo almacenado en nuestro subconsciente desde hace miles de años; sobre todo, a la visión mágica de la naturaleza, la personalización de sus fuerzas, la sacralización de sus fenómenos. Sólo así se debe contemplar y estudiar, y se puede comprender y admirar, el arte de un Chagall, de un Picasso o de un Miró.

Y, quien no sea capaz de sacar de su almacén interior de antigüedades esacapacidad de visión asombrada y respetuosa de la naturaleza, se verá obligado, como hacen los más, a alabar ese arte que no entienden o a decir honestamente que no lo comprenden, que son los más valientes.

Hay una pregunta importantísima que subyace a todo lo dicho:
¿Cómo sería hoy el mundo si el siglo de Pericles no hubiera existido? Y aún hay otra, más profunda, más importante, que la subyace también:

¿Cómo sería el mundo sin el uso de la razón, pero con imaginación y percepciones sensoriales y suprasensoriales?

La Historia es una gran maestra, pero resulta inútil si no se la
comprende. Y sólo se la puede comprender poniéndose en el lugar de sus protagonistas. Y ello requiere esfuerzo de investigación, de información, de reflexión, de asimilación y de imaginación. Y una gran honestidad. De otro modo, es sólo una inútil sucesión de acontecimientos incomprensibles.

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EL AMOR DE LOS PADRES Y EL AMOR DE LOS HIJOS




EL AMOR DE LOS PADRES Y EL AMOR DE LOS
HIJOS
por Francisco-Manuel Nácher

Antes de comenzar nuestro descenso al Mundo Físico para una
nueva encarnación, si estamos relativamente evolucionados, si nuestro Yo Superior está lo suficientemente despierto, escogemos los que serán nuestros padres en esa inmediata vida. Si no es así, se nos asignan por las Jerarquías que nos están ayudando a evolucionar.

Por otra parte, si los Yoes Superiores de nuestros padres han
alcanzado un nivel suficiente, aceptan consciente y libremente su
papel. De ahí nacen generalmente padres e hijos responsables y que
cumplen bien su cometido, ayudándose unos a otros, según la época
de la vida.

Porque, ordinariamente, el papel de padres lo representan
quienes tienen deudas contraídas con su futuro hijo, en otra vida
enemigo al que perjudicaron gravemente y al que han comprendido,
gracias a su evolución, que le deben amor y servicio altruísta.

Pero, si no existe un nivel mínimo de evolución, si, en el Tercer
Cielo no se es capaz aún de comprender el juego de la Ley de
Retribución y que las ofensas de una vida se pagan con amor y con
sacrificios, generalmente en otra, entonces los padres son asignados
por los Señores del Destino entre personas con deudas de amor frente a nosotros. Y esa ignorancia de la ley cósmica y ese retraso en la evolución hacen que los padres no se sientan obligados a sacrificarse por los hijos, ni éstos a respetar ni a ayudar a aquéllos en su vejez.

Ésta es la razón de esos odios que, a veces, se dan entre padres e
hijos. No conocen la ley cósmica ni son conscientes de sus anteriores errores, pero, sin embargo, sí sienten un rechazo especial contra ese hijo o contra esos padres, una tendencia especial a despreciar y aún a perjudicar a esos espíritus que en otras vidas les perjudicaron gravemente.

Y lo mismo se puede decir de los hermanos: Espíritus que en
otras vidas nos ayudaron, y ahora debemos pagarles aquella ayuda, o nos perjudicaron, y ahora deben pagarnos aquella deuda. Y de los
parientes y amigos y allegados. Y de los enemigos. Siempre estamos
repitiendo actuaciones, por activa o por pasiva, hasta que nos demos cuenta del juego y comencemos a reaccionar y a pagar deudas y a perdonar ofensas. Entonces estaremos ya en el camino que conduce a la evolución consciente y dejaremos de ser meros juguetes del destino, que no es sino el efecto de la Ley de Retribución, que arroja sobre nosotros, sencillamente, las consecuencias de nuestros propios actos, con el fin de que, mediante el dolor o la satisfacción que nos producen, recapacitemos, nos elevemos, veamos la luz y nos
convirtamos en directores de nuestras vidas.

Sabiendo lo que antecede, ¿cuál deberá ser nuestra postura frente
a nuestros hijos o frente a nuestros padres o frente a nuestros
enemigos? Sólo de nosotros depende el que no tengamos que
experimentar en otra vida, incrementado, el dolor que los
malentendidos, los roces, los orgullos llevados al extremo, los
desamores, etc. nos producen continuamente.

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EL ADELANTO





EL ADELANTO
por Francisco-Manuel Nácher

Según la Ley Natural, lo que se adquiere espontáneamente o con gran facilidad mientras se es joven, es luego una traba que impide que, al llegar a edad adulta, se eleve uno por encima de ese nivel de juventud. En cambio, el que de joven se tiene que esforzar y, además, aprende de los otros, puede elevar sus conocimientos más allá que sus maestros.

Así ha ocurrido insistentemente con los “niños prodigio” que, en
términos generales, casi nunca han llegado a ser “hombres prodigio”.

Y ha sucedido con las civilizaciones: Han fecundado a un pueblo más atrasado, pero que luego ha sido capaz de llevar los conocimientos heredados más allá que sus propios creadores.
Y en el mundo de los descubrimientos científicos, donde cada uno se ha basado en los conocimientos de sus antecesores y los ha desarrollado hasta donde ellos no pudieron llegar.

Y, en la vida espiritual donde, de los grandes pecadores han salido
los más grandes santos. Porque los niños son inocentes, pero sólo los adultos, que ya han vivido y han pecado y se han arrepentido y con ello han aprendido, pueden llegar a ser sabios o, lo que es lo mismo, virtuosos.

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viernes, 26 de octubre de 2012

DAR GRACIAS ¿A QUIÉN? por Francisco-Manuel Nácher




DAR GRACIAS ¿A QUIÉN?
por Francisco-Manuel Nácher

Dado que Cristo es el Regente y el espíritu interno de nuestra Tierra, cada vez que comemos, ingerimos Su carne y cada vez que bebemos, Su sangre. Por ello suena, en el mejor de los casos, como un contrasentido el pedirle, al sentarnos a la mesa, que bendiga nuestros alimentos, puesto que nuestros alimentos son ya benditos. Sin embargo, sí podemos y debemos darle gracias por ellos.

Meditaba recientemente sobre este tema, imaginándome dando
gracias, sentado ante la mesa preparada para, con mi familia, dar comienzo a una comida cuando, como ocurre siempre que se medita, de repente, empecé a ver claro: comenzaron a llegarme una serie de evidencias en las que nunca había reparado y que, como siempre también, desembocaban en la certeza de que, aunque no lo queramos o aunque no lo creamos, en todo momento estamos formando parte de un todo al que influimos y que nos
influye.

El punto de partida, como he dicho, fue: Si bien es cierto que resulta superfluo pedir a Dios que bendiga nuestros alimentos, sí parece lógico que, sentados frente a ellos, y antes de proceder a ingerirlos, agradezcamos el hecho de poderlo hacer.

Pero, pronto vi que ese alimento lo debíamos agradecer a muchas
personas, a muchos seres. Y apareció en la pantalla de mi mente, mi
esposa, que había dedicado su tiempo y su ciencia culinaria, en primer lugar, a buscar, elegir y adquirir, y luego a preparar aquellos alimentos de la manera que más agradables nos fuesen, con la mayor ilusión y dejando seguramente de hacer otra cosa que le hubiera resultado más atractiva; le debíamos, pues, mis hijos y yo, agradecimiento por ello. Parte, por tanto, de nuestra acción de gracias debería ir destinada a ella.

Pensé luego en el tendero, los tenderos que le habían proporcionado
los alimentos, así como las fábricas que los habían confeccionado y
preparado. Todos ellos buscaban su negocio, es cierto, pero, al mismo tiempo, inconscientemente, estaban desempeñando su papel en el engranaje de la vida y, gracias a ellos, aquellos alimentos habían llegado a nuestra mesa. A esos tenderos, pues, debería ir dirigido también algo de nuestro agradecimiento.


Recordé a continuación a los mayoristas, los transportistas, los

mediadores de todo tipo, que habían consagrado parte de su tiempo y de su actividad a hacer posible que, en ese momento, tuviésemos esos alimentos frente a nosotros.


Mi mente me presentó luego los trabajos y los sinsabores de los

agricultores, desde la siembra - o, incluso, desde la preparación de la tierra para la siembra - pasando por la labranza, el rastrillado, los riegos, la escarda, los tratamientos, el abonado, etc., hasta llegar a la recolección que, además, en muchos casos, incluye la siega, la trilla, etc., y va seguida por el transporte, el almacenamiento y el tira y afloja con los mayoristas para obtener la correspondiente compensación económica. Otra parte, pues, y no pequeña, de nuestro agradecimiento, debería ir destinada a los
agricultores que, en contacto directo con la tierra, realizan diariamente el milagro de multiplicar los alimentos.


Pero mi mente no se detuvo ahí. Enseguida caí en la cuenta de que,

antes que los agricultores habían actuado quienes les facilitaron las
semillas, los aperos agrícolas, los abonos, los medios de transporte, etc., ya que, sin ellos y su acción, tampoco los alimentos hubieran llegado a nosotros. Y más aún: Los que dieron lugar, con sus investigaciones y sus inventos, a la selección de las especies vegetales, a la fabricación de las máquinas y herramientas agrícolas; quienes descubrieron y transmitieron las leyes de la vida vegetal y los usos agrícolas e, incluso, quienes dieron lugar a las disposiciones legales que regulan la producción y tráfico de los alimentos; y quienes inventaron, fabricaron y permitieron que llegaran a mi
casa los utensilios de cocina que mi esposa había utilizado; y quienes hicieron posible que cada una de esas personas recibiese durante su vida el alimento que la mantuvo activa y la hizo capaz de desarrollar su labor; y los que construyeron sus casas e hicieron posible que se vistiesen y tuvieran luz y agua; los que los cuidaron en sus enfermedades y los que les compraron sus productos, haciendo posible que todo el tráfago de la vida continuase. También ellos merecían nuestra gratitud.


No tardé en darme cuenta, sin embargo, de que había más seres a los que debíamos dar las gracias: En primer lugar, las plantas y frutas que nos disponíamos a comer, habían dado su vida por nosotros. ¡Nada menos que la vida! Una vida física, una encarnación, para hacer posible una comida nuestra. ¿Podríamos nunca agradecer bastante a los espíritus de dichos vegetales, así como a sus espíritus-grupo, tal sacrificio? ¿Y qué decir de los espíritus de la naturaleza que hicieron posible el crecimiento de todos esos alimentos? Y, al fin, como base, como resumen, tras destinar nuestra acción de gracias a una serie casi ilimitada de seres, acabé, como es lógico, donde se termina siempre: 




En última instancia, debemos agradecer nuestros alimentos a la Madre Tierra, que ha hecho posible la vida física y la actividad de todos, esta Tierra cuyo Espíritu Interno es, precisamente, el

mismo Cristo. Eso es, indudablemente, lo que Él tenía in mente cuando afirmó que, al comer y beber, comíamos y bebíamos Su cuerpo y Su sangre. Y eso es lo que nos hace pensar que constituye casi una blasfemia el pedir a Dios que bendiga nuestros alimentos. 
Nuestros alimentos son más que benditos, son obra de Dios a través de miles y miles de seres, hermanos nuestros, incluso muchos de ellos pertenecientes a otras oleadas de vida, todos los cuales han trabajado y están trabajando para hacer posible nuestra existencia actual.


Al llegar a este punto no pude evitar un estremecimiento. Resultaba

verdaderamente impresionante, prácticamente inabarcable y casi
incomprensible, aunque evidente que, desde el origen de los tiempos, hubiera habido seres trabajando para hacer posible aquella nuestra comida; lo cual equivalía a decir que aquella comida nuestra estaba incluida en el Plan Divino que comprendía toda la Creación... Y todos esos seres, todos actuando, en todo momento, con entera libertad, al tiempo que realizaban su labor y con ello evolucionaban, hacían posible inconscientemente el
cumplimiento exacto y puntual de ese plan divino, en cuanto a nuestra alimentación se refería.


Un segundo estremecimiento me sacudió al dar el siguiente paso:



Nosotros, mi esposa, mis hijos y yo, también formábamos parte de esa Humanidad, también actuábamos y pensábamos y hablábamos

continuamente, también éramos miembros de esa cadena de seres que, innegablemente, están dando cumplimiento al plan de Dios y, por tanto,  cada instante de nuestras vidas estábamos siendo protagonistas de dicho plan, en cuanto que nuestras acciones iban a producir unos efectos innegables, inevitables, incalculables e imprevisibles en una serie de seres en los que ni siquiera pensamos pero que, en el Plan Divino son destinatarios de los efectos de nuestro paso por la vida...


Vi entonces claramente, qué gran responsabilidad entraña cada

pensamiento, cada palabra, cada deseo, cada acto e, incluso, cada omisión.


Comprendí, de manera incontestable, de qué modo tan fácil, tan sencillo y tan discreto actúa la Ley de Consecuencia; y me percaté, de un modo que ya nunca podré olvidar, de que no estamos nunca solos, de que somos únicamente un eslabón en la enorme cadena que supone la vida, pero en la que todos los eslabones son protagonistas: Que, aunque en algún momento de nuestras vidas podamos sentirnos olvidados o abandonados, ello no será


más que una ilusión nuestra, consecuencia de nuestros propios actos y de nuestras propias y consecuentes limitaciones, pero realmente imposible, puesto que imposible nos resulta a todos renegar de nuestra filiación divina. Comprendí, experimenté en mi propia carne mental, qué gran consejo es aquel de actuar siempre de acuerdo con las leyes naturales, de no oponernos a ellas, pues sólo desgracias nos acarrearemos y que, puesto que todos somos uno en Dios, el pensamiento clave de nuestras existencias
debe ser el formulado por el propio Cristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.


La Creación entera, pues, no es sino una ininterrumpida, ilimitada e

interminable corriente de amor, desde Dios hasta Sus criaturas, sin olvidar ninguna; y otra corriente, de justísimo agradecimiento, desde las criaturas hasta Dios. Todos somos uno, todos nos influímos, todos necesitamos de los demás, todos ayudamos a los demás, todos nos debemos amor, todos nos debemos agradecimiento, todos vivimos en Dios y Dios vive en todos.


¿Cabe nada más hermoso y confortador?



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CURAR AL ENFERMO por Francisco-Manuel Nácher



CURAR AL ENFERMO
por Francisco-Manuel Nácher

Durante algún tiempo, al principio de mi estudio de la Filosofía
Rosacruz, me atormentaba una pregunta, aún confusa dentro de mí, que no acertaba a expresar con claridad, pero que me hacía sentirme mal, como si hiciese algo ilógico, cada vez que rezaba el Servicio de Curación.

Por fin, un día en que ese sentimiento se manifestó con mayor
fuerza, decidí dar un “parón” y concentrarme sobre el tema. De esa
concentración, surgió aquella pregunta con toda claridad:

“¿No es un contrasentido que, por un lado,
consideremos correcto el proceder de la ley natural al hacernos experimentar los efectos de nuestras actuaciones negativas en forma de enfermedades, para que aprendamos lecciones de vida y, por otro, consideremos también correcto interrumpir esas consecuencias o enfermedades, cuando aún están realizando su función docente y, por tanto, no la han
concluído?”

La pregunta, pues, estaba clara. Pero ello no hizo sino aumentar mi
angustia, mi malestar y mi confusión. Porque, por un lado, así, a bote pronto, no encontraba una respuesta satisfactoria, que armonizase sus dos términos, aparentemente irreconciliables. Y, por otro, temía meditar seriamente sobre el tema y, al no hallar la solución, acabar atribuyendo una falta de congruencia a las Enseñanzas que habían cambiado mi vida y a las que tanto debía y tanto amaba. Porque, por un lado:

Leía en los Evangelios que Cristo, hubo lugares en los que no
pudo hacer ningún milagro, debido a la falta de fe de los enfermos.
Y que, cuando curó al paralítico dijo: “Para que veáis que el Hijo
del Hombre tiene poder para perdonar los pecados, tú, tullido,
levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”

Y que, a los que curaba, los despedía diciéndoles claramente:
“Vete y no peques más , no sea que te ocurra algo peor”.
Pero, por otro lado:

Veía que el Servicio de Curación era considerado en la Fraternidad
como de importancia capital.

Y había estudiado que la misión principal de los Auxiliares
Invisibles, era la de curar a los enfermos.

Y conocía el mandamiento de Cristo a sus discípulos: enseñad la
Buena Nueva y curad a los enfermos.

Y todo ello me parecía hermoso, pero difícilmente armonizable. No
encontraba el denominador común que me permitiese comprobar que todos esos hechos y afirmaciones no se contradecían realmente entre sí y estaban encaminados a un mismo fin y que, además, ese fin era bueno y justo y lógico.

El problema llegó a obsesionarme, a convertirse en una espina que
no me podía arrancar y que, permanentemente, me dolía en el alma.
Hasta que decidí - ahora ya sé que eso es lo que hay que hacer, de
primera intención, en esos casos - que debía planteármelo en una
meditación profunda, hasta resolverlo, y verlo claro de una vez por
todas.

Y eso hice. Y comencé a repasar lo que ya sabía, de que nuestra
conducta negativa produce disonancias en los vehículos superiores y esas disonancias se transmiten a los inferiores y acaban manifestándose en forma de dolencias físicas.

¿Y por qué habían de manifestarse en forma de dolencias físicas? -
continué preguntándome en la meditación - La respuesta vino pronto:

porque en el cuerpo físico tenemos centrada la conciencia - y por eso percibimos sus enfermedades - ya que es el vehículo más denso y más perfecto que tenemos y resulta necesario para la evolución.
Y entonces empezó a hacerse la luz en mi mente: el cuerpo físico
es el mejor instrumento del Ego. Y por eso tenemos la obligación de
cuidarlo y mantenerlo en el mejor estado posible durante el mayor
tiempo posible, puesto que un cuerpo enfermo no rinde espiritualmente lo mismo que uno sano, porque le faltan la energía y la libertad de movimiento y el atrevimiento y la confianza. Por eso, cuando el cuerpo físico de un Auxiliar Invisible está enfermo, no se le permite realizar su trabajo como tal.


Y, - seguí viendo - si la enfermedad es consecuencia de nuestros
actos, libremente realizados y, por tanto, una lección de la Ley de
Retribución, es lógico que seamos también libres para eliminar sus
consecuencias. Pero, ¿cómo?

Estaba claro que, si seguíamos con la actuación anterior, la
enfermedad seguiría manifestándose. Luego, el medio tenía que ser el comprender que esa causa producía tal efecto y que, para eliminar éste, había que cesar en aquélla. Porque, si nuestros actos negativos no eran necesarios, tampoco lo sería su consecuencia, la enfermedad.

Ahí estaba el meollo de la cuestión: Por eso Cristo identificó el
pecado y la enfermedad. 

Y por eso no pudo curar a quienes no estuvieron dispuestos a
cambiar de vida, porque les faltó voluntad o comprensión o capacidad, carencia que la Biblia llama “falta de fe”.

Y por eso advertía a los que curaba que, si reincidían, se volvería a
producir la misma consecuencia o, quizás, peor.

Y por eso, claro, es aconsejable “curar al enfermo” que está
dispuesto a eliminar la causa de su enfermedad, es decir, que “ha
aprendido la lección” que esa enfermedad pretendía enseñarle. Y por eso nuestro Servicio de Curación va destinado a “quienes lo han solicitado o, deseándolo, no han podido solicitarlo.”

Y esa respuesta me condujo a comprender el por qué del ejercicio
de retrospección diario: en ella nos arrepentimos, es decir, aprendemos la lección, y el pecado queda borrado del átomo simiente y, por tanto, no producirá enfermedad, puesto que habremos eliminado su causa, la distorsión en los vehículos superiores y, consecuentemente, no descenderá a los inferiores.
Pero, ¿cómo?, ¿cómo curar a quienes han aprendido la lección
cuando la enfermedad ya se les ha manifestado? - Y ésta era una nueva pregunta interesante.

Aquí se planteaba otra cuestión crucial: ¿cuál era la forma correcta,
la mejor, de curar?

¿La de la medicina convencional, que sólo mira y trata de mitigar
los síntomas y los efectos que se manifiestan en el cuerpo físico?

Estaba claro que no.

¿Como hacen muchos, que se denominan sanadores, que aplican
las manos o la fuerza mental sin más? Tampoco.


¿Cuál era, pues, la forma correcta, desde el punto de vista de los
conocimientos ocultos? La respuesta llegó sola: la de la Fraternidad
Rosacruz, que abre al enfermo los ojos del alma y le ayuda a vencer sus tendencias negativas, a fortificar su voluntad de cambio y a energetizar sus cuerpos.

Porque, “saber es poder” y, cuando uno comprende la causa de lo
que le aqueja, si tiene dos dedos de frente, hace lo posible por
remediarlo. Y sólo los que no lo creen así y no ponen nada de su parte y no se esfuerzan, pagando con ese esfuerzo el precio
necesario, siguen con su dolencia por su falta de fe.

Y vi claro por qué se nos dice que el estado natural del hombre es
el de estar sano. Y comprobé que todo era perfectamente congruente con la voluntad divina.

Y mi tensión interior desapareció.

* * *


CUANDO EL HOMBRE NO ESTABA




CUANDO EL HOMBRE NO ESTABA
por Francisco-Manuel Nácher


Resulta casi imposible de concebir una época del mundo en que no
existiera el hombre. Nos parece carente de sentido que hubiera
inundaciones, terremotos y huracanes y, menos aún, primaveras y
atardeceres, sin hombres que los pudieran contemplar. ¿Para qué tanto esfuerzo y tanta belleza?

¡Hasta tal punto tenemos metido en los tuétanos nuestro papel de
protagonistas del Cosmos!

Y, sin embargo, aquellas primaveras y aquellos atardeceres debieron existir, y los cataclismos naturales se debieron producir y la aparentemente inútil lluvia sobre el mar debió ser una realidad. Y todos ellos juntos han conducido, los viera el hombre o no, al estado actual de la Tierra y sus habitantes, incluído el hombre.

Pero, ¿existió la belleza antes que el observador? ¿O la belleza es tan sólo una aportación de éste, intrascendente en la economía de la
naturaleza? ¿Por qué hasta el Renacimiento nadie había caído en la cuenta de que el paisaje podía ser hermoso? ¿Por qué hasta Kant nadie se había propuesto contemplar la razón como objeto de estudio? ¿Y, hasta Gustavo Adolfo Bécquer nadie descubrió en la literatura española la acogedora intimidad del asonante? ¿Y, hasta Freud, nadie se percató de que la dimensión inconsciente del hombre era tan amplia y tan definitiva, o más, que la consciente? ¿Y, por qué hasta Marx nadie había observado la importancia e influencia de la riqueza en el desarrollo de la historia? ¿Y,
por qué hasta hoy nadie se había apercibido de que lo que no se narra o se describe o fotografía y, sobre todo, no se televisa, es como si no existiese y no es tenido en cuenta...?

¿No habremos cerrado el círculo y, en la época de los multimedia,
regresado a la situación inicial, puesto que la mayor parte de los
acontecimientos de todo tipo acaecen, sin que nadie se entere ni se
preocupe de ellos ni de su influencia en la evolución de todos?

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