jueves, 20 de marzo de 2014

EL SUEÑO (bis)



EL SUEÑO   (bis)
por Francisco-Manuel Nácher

Éste, no lo olvidaré nunca. Sobre todo, porque estoy seguro de que,
más que un sueño, fue una lección.
Generalmente, los sueños tienen algo que, al despertar, nos hace
convencernos de que han sido eso, sueños. Y, aunque mientras los
vivimos, nos parecen reales y, luego, al despertar, lo que nos rodea y nos acaece nos parezca igual de real - con lo cual no acabamos nunca de tener claro si la realidad está aquí o allá o en los dos sitios... o en ninguno - siempre hay un detalle en los que llamamos sueños, que los delata por ilógicos, exagerados, extemporáneos, desproporcionados o imposibles.
En este no. Éste fue un sucedido. Fue una vivencia, una experiencia
de primera mano. O, si se quiere, un sueño de categoría superior a los normales. Como un arquetipo de sueño que se hubiera colado en mi conciencia con el exclusivo objeto de sacudírmela y de hacerme abrir los ojos físicos y mentales.
Todo empezó con la sensación o, mejor, con el convencimiento, de
que yo tenía a mi cargo todas y cada una de las células de mi cuerpo.
Se me dirá que eso no tiene nada de particular, que es lo que ocurre a todo el mundo. Y se tendrá razón. Si no fuera porque yo, además de tenerlas a mi cargo, las conocía y distinguía a todas, podía comprenderlas, una a una, era capaz de interpretar sus motivaciones, sus pretensiones, sus reacciones frente al medio y entre sí... y podía orientar hacia ellas determinadas corrientes energéticas que las hacían más fuertes, más cercanas a mí, y reaccionar en uno u otro sentido, sin perder su propia
autonomía.
Sin embargo, al mismo tiempo de ser consciente de todo ello, era
también sabedor de que mi vida dependía de que esas células viviesen y, mi salud, de que llevasen una vida sana.
Y además, sabía, me constaba, que una fuerza superior a mí, me hacía tender hacia determinadas cotas y me ayudaba y me guiaba cuando tenía necesidad de ello, del mismo modo como yo influía en y ayudaba a mis células. Lo cual constituía un límite para esas influencias que yo podía ejercer.
Yo me sentía como responsable de la vida y de la salud y del
progreso de todos y cada uno de aquellos diminutos seres que formaban mi cuerpo, y me constaba que las impregnaba a todas ellas con una parte de mi alma, como si una vibración especial, mi propia vibración, las hiciese vibrar, a su vez, de un modo determinado y ellas se sintiesen por eso vivas y formasen, sin saberlo, un complicado mecanismo, mi cuerpo, que hacía
posible que yo continuase viviendo.
Y, cuando más impresionado estaba por mi recién descubierta
responsabilidad, escuché una voz o, mejor, me alcanzó, me llenó, me impregnó un sonido que más que sonoro era sentimiento, convicción, certeza, que me dijo: “¿No te das cuenta de que tú no eres más que una célula en el cuerpo de Dios?”

* * *

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