jueves, 4 de junio de 2015

¿Enseñar al hambriento?



¿ENSEÑAR AL HAMBRIENTO?
 por Francisco-Manuel Nácher 

     El amor, en su manifestación a efectos docentes, tiene su lógica. Fijaos en que Cristo, en el pasaje a que se refieren los Evangelios en Mateo 14:13-23; Marcos 6:30-44; Lucas 9:10-17 y Juan 6:1-14, como Indicador del Camino, primero sació el hambre espiritual de sus seguidores, que se contaban por miles, (así lo relata, medio veladamente, Mateo al decir que sanó a los enfermos; y así lo dice explícitamente Marcos) y luego atendió su hambre física y multiplicó cinco panes y dos peces y dio de comer a cinco mil y sobraron doce canastos (5+2=7; 7+5=12). 
    Dicho esto, debemos detenernos a reflexionar un poco: ¿Quiere decir el texto evangélico que resulta más fructífero hablar de Dios al hambriento que al saciado? No. Pero quiere decir que es más importante el hambre del espíritu que la del cuerpo. 
  Los antiguos romanos decían: “Primum vivere, deinde philosophare” (es decir: “primero vivir, y luego filosofar”). Y eso es, más o menos, lo que predica la llamada Teología de la Liberación: Primero, solucionemos los problemas de subsistencia de los pueblos y, luego, ya les hablaremos de Dios. Porque, si hablamos de Dios a los hambrientos, como no entenderán la justicia de un Dios que les hace pasar hambre, sólo obtendremos la conversión de los estómagos agradecidos (y, por tanto, falsa) o la de los poco inteligentes, que sólo se convertirán luego en fanáticos. Pero, si predicamos a gente con sus necesidades mínimas cubiertas, dado que sus mentes y sus corazones están libres de agobios apremiantes, obtendremos creyentes conscientes, que lo serán por libre elección. 
   Y Todo ese razonamiento sería perfecto si no fuese porque en la naturaleza humana está el acordarse de Dios cuando se sienten necesidades o dolores o problemas, y olvidarse de Él y del más allá, cuando aquellos brillan por su ausencia y todo se ve de color de rosa. Los romanos y los defensores de la teología de la liberación tenían y tienen una visión materialista de la vida y, partiendo de ella, sus afirmaciones son correctas. Pero, desde el punto de vista espiritual, es inútil predicar a los hartos, porque son los que menos comprenden las necesidades del prójimo y ven más difícil ponerse en su lugar y sacrificarse por él. En cambio, los que están sintiendo las privaciones o el dolor, comprenden fácilmente los sufrimientos de sus semejantes y están más prontos a ayudarles. Y también están más preparados y más receptivos para que se les expliquen las causas de sus males y los posibles remedios para eliminarlos. 
   Y eso fue, precisamente, lo que nos quiso enseñar Cristo en el pasaje que comentamos: Viendo la gran multitud de gente que le había seguido durante tres días, atendió primero su hambre de conocimiento, de luz, de comprensión y, luego, se preocupó de sus necesidades materiales. 
    Pero, sabiendo que cada escena de los Evangelios no sólo es algo histórico, sino también algo simbólico, ya que Cristo estaba enseñándonos el Camino (de la Salvación, es decir, de la evolución sin retrasarnos con relación a nuestra oleada de vida) y, por tanto, tuvo que vivir todas las etapas y situaciones por las que todos hemos de pasar a lo largo de nuestro ciclo evolutivo, ¿de qué hambre habla, en realidad, el Evangelio? Por supuesto, del hambre física, aunque no hay que suponer que los que seguían a Cristo fueran pordioseros, mendigos, desarrapados ni descastados. Pero, al mismo tiempo, nos está exponiendo cómo impartía una lección a sus discípulos. La escena nos dice veladamente que Cristo estaba enseñándoles a multiplicar objetos. Por eso les dijo: “Dadles vosotros de comer”. Pero fallaron. Y entonces Él, conmovido de la multitud hambrienta, lo hizo por ellos. Pero esos cinco panes y esos dos peces y esos doce canastos de sobras y esos cinco mil hombres, todos ellos números cabalísticos, simbólicos y llenos de contenido, nos están, en realidad, hablando de toda la Humanidad. Puesto que toda la Humanidad tiene hambre, hambre de verdad, hambre de justicia, hambre de luz, hambre de amor.

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