jueves, 11 de junio de 2015

La gafas del alma


LAS GAFAS DEL ALMA 
por Francisco-Manuel Nácher

    Cada uno de nosotros circula por la vida con unas gafas puestas. Son unas gafas espirituales que todos nos hemos construído inconscientemente, como hemos construído nuestros hábitos y nuestro lenguaje y nuestro modo de comportarnos. Son unas gafas que llevamos puestas sin saberlo y que, hasta que nos demos cuenta de que las llevamos, no podremos empezar a intentar quitárnoslas y ver la vida y el mundo y a los demás como verdaderamente son. Porque esas gafas que llevamos son unas gafas coloreadas que hacen que todo, absolutamente todo lo que nos rodea, lo veamos tintado de ese color. Lógicamente, las conclusiones que saquemos de nuestras percepciones y nuestras reacciones ante la actitud, las posturas o el comportamiento de los demás, estarán siempre influenciadas por ese color con lo que, aunque no lo pensemos así, incluso aunque pensemos o creamos lo contrario, nuestras percepciones y nuestras conclusiones, nuestras reacciones y nuestros pensamientos y nuestras conductas, no serán nunca las más apropiadas ni, por tanto, todo lo positivas ni constructivas que deberían ser. 
   Pero, ¿cuál es ese color? ¿Qué tono es ése que tiñe nuestras gafas espirituales? 
   Ese color que lo tiñe todo, que lo adultera todo y que, por tanto, lo deforma todo, es distinto para cada hombre. Es la suma de todos sus defectos, de todas sus imperfecciones, de todos sus complejos, de todas sus frustraciones; en una palabra, es la suma de todo lo negativo que hay en él, pues nadie en este mundo puede presumir de ser perfecto. Pero, dentro de toda esa negatividad, dentro de todos esos defectos, hay siempre uno que sobresale, que domina, que condiciona la vida toda de ese individuo. Y ese es el tono predominante, bien que teñido o empañado con los tonos de los demás vicios o defectos del individuo en cuestión. 
   Y así, el soberbio, en el que el orgullo predomina sobre todos los otros defectos, interpretará cualquier palabra, obra o conducta de cualquier semejante como una ofensa a su propio superego. Porque, como lleva las gafas del orgullo, cualquier actuación del prójimo, por intrascendente que sea, la ve teñida con el color de sus gafas y, claro, reacciona como él considera que debe reaccionar ante una "ofensa", un "insulto" o una "falta de respeto" cuando, en realidad, no hay nada de eso.
   Y el lujurioso interpretará una minifalda como una provocación o una invitación a la agresión sexual, porque ése es el color con que él lo ve todo. 
   Y el avaro estará permanentemente interpretando que los demás intentan privarle de sus bienes.
  Y el iracundo se saldrá de sus casillas por cualquier cosa sin importancia. 
   Y el glotón interpretará la presencia de cualquier alimento como una invitación a saciar su apetito. 
  Y el envidioso verá en cada acontecimiento de la vida de los demás, un injusto menosprecio a él mismo y un motivo para envidiar y actuar en consecuencia.
   Y el perezoso encontrará siempre una excusa para no actuar, para no esforzarse, porque todas las ocasiones de hacerlo las verá tintadas con el color de esa tendencia.
   Y el ladrón interpretará que la existencia de dinero en manos de otros es causa suficiente para apropiárselo.
  Y el mentiroso verá mil ocasiones para justificar su falta de veracidad. 
   Y el calumniador verá coloreados con sus propios defectos los actos o las palabras de los demás y creerá actuar justamente denunciando lo que sólo él ve, debido a sus propias imperfecciones.   Cuando veas, pues, que alguien calumnia, ése es víctima del defecto que imputa a otros; y, cuando veas un puritano que clama contra las minifaldas, ése es un obseso sexual; y, cuando veas a alguien que desmitifica o desprestigia a otro, ése es un envidioso y envidia al otro; y, cuando veas a alguien que se ofende de todo y por todo y que siempre se siente aludido, ése es un soberbio; y, cuando veas a alguien que se queja de no tener, aunque tenga más que otros, ése es un avaro; y, cuando veas a alguien que asegura comer poco, estando gordo, ése es un glotón; y, cuando veas a alguien que se dice agotado de tanto trabajar, ése es un vago.
   Y - y esto es lo más importante - cuando te sorprendas a ti mismo adoptando alguna de esas posturas, ten por seguro que estás siendo víctima del defecto que atribuyes a los demás; que tus gafas están coloreadas con ese color, que te impide ver las cosas como realmente son. Trata, pues, rápidamente, de corregir ese defecto tuyo, ese hábito, esa tendencia y, de  repente, la vida cambiará, las personas serán más agradables y el mundo resplandecerá con mil colores maravillosos, y no sólo con tu color pardusco y sucio, que te impedía ser feliz.
  Porque, no lo dudes: existen también gafas de color de rosa, que todo lo hacen agradable y a todos los ven buenos y honestos y bien intencionados. Y es mejor ponerse y usar las gafas de esta segunda clase. 

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