miércoles, 22 de abril de 2015

El termómetro espiritual


EL TERMÓMETRO ESPIRITUAL 
por Francisco-Manuel Nácher

      1.- Se dice que el hombre es malo; que es un lobo para el hombre (homo homini lupus); que no piensa en los demás; que es egoísta y excluyente; que es cruel, egocéntrico y soberbio; que la ambición lo domina; que la envidia lo corroe; que la lujuria lo subyuga; que los placeres lo acogotan; que es insolidario, etc. etc. Y todo ello es verdad.  

     Pero también se dice que el hombre es bueno; que siente compasión; que, cuando hace falta, está dispuesto a ayudar; que aspira a un mundo mejor; que, aunque aparente ser feliz, en un rinconcito de su alma, algo no lo es cuando ve la desgracia ajena; que, hasta el más depravado de los hombres ama a su perro o a su amigo o a su madre; que todos llevamos dentro el amor y buscamos amor y, cuando encontramos la persona apropiada, lo damos y, cuando la persona idónea, lo recibimos; que, como muy gráfica pero muy acertadamente decían algunas pegatinas en la trasera de los coches, “to er mundo é güeno”. Y también es verdad. 
    
      ¿Cómo es posible? ¿Cómo podemos ser, al mismo tiempo, buenos y malos? 

       La respuesta es sencilla: si el hombre fuese sólo lo que la mayor parte cree, un cuerpo físico, esa dualidad sería imposible. Pero es que el hombre no es eso. No es sólo eso. El hombre es más. Mucho más. Es un conjunto de cuatro cuerpos, - físico, etérico, de deseos y mental - compenetrándose, influyéndose y conviviendo. Por tanto, no resulta raro que unas veces seamos buenos y otras, malos. Dependerá del cuerpo que esté actuando, es decir, dominando, en ese momento. Y dependerá siempre, del grado de evolución alcanzado por el conjunto. Y aún, de la relación lograda entre esos cuatro cuerpos, a los que llamamos, globalmente, la “Personalidad” y el Yo Superior, nuestro verdadero yo, compuesto, a su vez, por tres espíritus: Humano, de Vida y Divino.

       2.- El hombre común, espiritualmente orientado, el hombre de buena voluntad, es consciente de los desafíos de su época y desea hacer el bien. Pero el ambiente, generalmente, le puede. Se siente incapaz de cambiar la marcha de los acontecimientos mundiales y acaba sintiéndose también incapaz de organizar sus propios asuntos y así, esa llamada interna hacia el bien, hacia la colaboración y el servicio a los demás, se va apagando, y acaba encontrando excusas que, aunque no lo son, a él se lo parecen, para no moverse. Y así, descubre una serie de dolencias y de malestares que le obligan a preocuparse de su cuerpo y olvidar a los demás. O los negocios le absorben de tal modo que no tiene tiempo para más. O los compromisos sociales le agotan todas las posibilidades de pensar en otra cosa.

      Claro que esos motivos no lo son realmente. Son simples excusas para deambular por la línea de menor resistencia, que es la de lo cómodo y lo que apetece de momento. Pero, en nuestro fuero interno, sabemos que le estamos fallando a la Humanidad. Y, sobre todo, que estamos fallando en nuestra propia vida. Y no caemos en la cuenta de que si estamos en una situación familiar, laboral o relacional determinada, es porque allí es donde hemos de esforzarnos por ayudar y colaborar y comprender y perdonar y volcar todo nuestro amor. Y luego, con esos deberes cumplidos, nos surgirá la necesidad ineludible de extender nuestro campo de acción a los demás, a todo el que necesite ayuda y asistencia y atención y cariño. Es decir, de convertirnos en servidores. 

    Si bien se examina, el Servicio es más importante que la Meditación, porque el esfuerzo que se realiza en la práctica del primero evoca los poderes del alma, nos inclina a meditar, y canaliza nuestras energías por el camino correcto. 

     Tengamos en cuenta que los contactos y la realización espiritual de ellos derivada estarán siempre determinados por el servicio que hayamos prestado o estemos prestando a los demás. 
    
    Porque no podemos evadirnos de la Ley del Servicio, como ley natural que es. ¿Es que podemos hacer, decir, pensar u omitir algo que no repercuta en los demás? Es absolutamente imposible. En cuanto actuamos, de cualquier modo que sea, estamos influyendo en los demás. Eso es innegable. Y, si es así, nos está diciendo que, en el plan divino, es decir, en lo que las leyes naturales pretenden lograr, está previsto que todos avancemos unidos; y que lo bueno para uno, beneficie a todos y lo malo para uno, perjudique también a todos. Por tanto, el eludir conscientemente esa obligación o, mejor, esa necesidad de servir, es una postura, además de imposible, suicida. Aunque fuera por puro egoísmo - que no debe ser así - habría que pensar: si de todos modos he de servir a los demás, lo lógico es hacerlo conscientemente y, además, lo mejor posible.

    Claro que servir conscientemente es difícil. Exige “perder” tiempo, sacrificar cosas que nos apetecen y, a veces, hasta renunciar a las propias ideas. Requiere voluntad para servir constantemente, esfuerzo deliberado, sabiduría consciente y habilidad para trabajar sin apego. 
     
      Algunos creen que servir es hacer que los demás piensen como uno piensa, creyendo que, de ese modo, se les está prestando un gran servicio. 

     Otros piensan que servir es dar limosna o consolar al afligido o visitar al enfermo o atender al desgraciado. Pero, bien mirado, eso no es más que satisfacer la necesidad de eliminar de su vida el malestar que esas situaciones les producen.

      Hay quienes sirven por alcanzar la perfección espiritual, lo cual no deja de tener una motivación egoísta. El ideal es correcto, pero el móvil, no. 

    Y hay quienes sirven en empresas filantrópicas o similares, porque está de moda. Porque servir allí da la sensación de poder, conquista amigos, se hacen buenas relaciones y, con frecuencia, beneficia más al servidor que al servido.

     A pesar de todo ello. A pesar de los móviles erróneos, la Humanidad va avanzando por el camino del servicio. Porque, poco o mucho, el Yo Superior va haciendo oír su voz y la Personalidad, cada vez más, de mil maneras diferentes pero perceptibles, va obedeciendo sus mandatos.

     Cuando el yo inferior, la Personalidad, se subordina a los ritmos superiores y obedece la Ley del Servicio, la vida espiritual comienza a fluir a través del hombre y llega a los demás: a la familia, a los amigos, a los conocidos… y, si se persiste, el radio de su influencia crece ininterrumpidamente, porque va evocando de cada uno de los Yoes Superiores las energías que todos poseen y canalizándolas hacia el servicio, que es su destino natural. 

    El servicio, como característica innata en el hombre, es la afluencia natural y espontánea de la vida del espíritu a través del cuerpo, que es su medio de expresión. Porque el servicio es la característica sobresaliente del Espíritu, lo mismo que el deseo es la característica principal de la naturaleza inferior. Pero el servicio es un deseo grupal, a diferencia del deseo inferior que es individual. Está en un nivel superior.

     Por tanto, el servicio ha de empezar por el contacto entre espíritus. Si se procura eso, el servicio nacerá perfecto, sin influencias de la Personalidad, que siempre lo tiñe todo con alguna ambición personal. Por eso se nos dice en nuestro Servicio que debemos “servir a la divina esencia en el prójimo escondida, haciendo caso omiso de su aspecto, frecuentemente poco atrayente”.

     Porque el corazón del hombre es sano. Lo que ocurre es que en la mayor parte de los casos está adormecido. Porque el deseo es fundamental en la vida de la forma, pero el anhelo de servir es igualmente fundamental en la vida del espíritu.

    Las características del servidor han de ser. 

   - la inofensividad, no sólo con respeto a las personas a las que sirva, sino con relación a los demás servidores, ya que cada cual debe encontrar su propio camino para servir. 

  - la de permanecer en el ser espiritual

  - la alegría, que debe remplazar a la crítica. 
  
  - el silencio elocuente.

Los efectos del servicio sobre el que sirve son: 

 - que integra la Personalidad, es decir, hace que los cuatro vehículos inferiores vibren sincrónicamente constituyendo un todo armónico.

  - Ello, a su vez, hace que el Yo Superior encuentre fácil el camino para manifestarse en la Personalidad y enderezar la vida hacia lo alto. 

  3.- Llamamos transmutación al fenómeno consistente en la reorientación de las energías de la mente, el cuerpo de deseos y el cuerpo físico, a fin de revelar al Yo Superior.

   Tenemos cinco sentidos, como los animales, sentidos que, cuando se aplican a fines egoístas y personales, acrecientan la vida del cuerpo y sirven para ocultar, cada vez más, al verdadero hombre, al Yo Superior. Esos cinco sentidos deben ir siendo transmutados en sus correspondientes facultades superiores. 

    Así:
          a.- El instinto de conservación deberá ser sustituido por la comprensión de la inmortalidad, de modo que el hombre vivirá y cumplirá su misión en la tierra, mientras mora en lo eterno.

          b.- El instinto que hace que el yo inferior se lance adelante y fuerce su camino hacia arriba, se convertirá en control por parte del Yo Superior. La afirmación del yo inferior cederá, pues, ante la del yo superior. 

          c.- El sexo cederá su lugar a una atracción superior la cual, en sus aspectos más nobles, dará origen a la consciente atracción y unión entre el espíritu y su vehículo.

       d.- El instinto de rebaño se transmutará en conciencia grupal. 

     e.- Y el instinto del descubrimiento y la investigación, que caracteriza a todas las mentes, cederá su lugar a la percepción y a la comprensión intuitivas, y el hombre dominará su creación, el ser humano, y elevará todos sus atributos y aspectos a los cielos.

   4.- Somos células de Dios. Lo que llamamos Dios es el creador de nuestro sistema planetario. De Él emanan tres aspectos y siete rayos, los llamados “siete Espíritus ante el Trono”. Uno de esos siete Espíritus es el Logos Planetario de la Tierra, digamos, nuestro Dios más próximo. Y la Tierra es su cuerpo físico. Y la Región Etérica es Su cuerpo Etérico. Y el mundo del deseo es Su Cuerpo de Deseos. Y el mundo del Pensamiento es Su cuerpo mental. Por tanto, nuestro cuerpo físico no es sino una célula, una parte insignificante, pero necesaria en el equilibrio total, de Su cuerpo Físico. Y nuestro cuerpo vital, una célula del Suyo y nuestros cuerpos de deseos y mental, otro tanto. 

   5.- Somos un espíritu grupal, formado por todos nuestros espíritus virginales. En su plano, en el Mundo de los Espíritus Virginales, poseen conciencia colectiva. Luego, en la manifestación en los planos inferiores - físico, etérico, astral y mental concreto - la separatividad, la autoconciencia y el egoísmo, crean un espejismo que nos equivoca y nos hace creer que somos únicos y estamos separados de los demás, lo cual no es cierto. Recordemos El Anillo del Nibelungo. En última instancia, pues, constituimos un órgano del Logos Planetario el cual, a su vez, es un órgano del Logos Solar. 

   6.- Por eso mismo, las leyes naturales, todas sin excepción, actúan en nosotros sobre la base de que no podemos vivir sin los demás. Y necesitamos a los demás para evolucionar. Un hombre solo en el mundo no evolucionaría nada. Recordemos a Robinson Crusoe: de los 27 años que pasó en su isla, sólo desde que descubrió que no estaba solo, tras más de veinte años de creerlo así, empezó a actuar, pensar, reflexionar y sentir de modo distinto a como lo venía haciendo. 

   7.- Todo lo que hacemos, pensamos, decimos o sentimos, de una manera misteriosa e inevitable, repercute sobre los demás y produce en ellos un efecto también inevitable. Y lo mismo ocurre con lo que los demás hacen, dicen, sienten o piensan con relación a nosotros. 

   8.- Por eso sentimos siempre remordimiento o satisfacción íntima, después de hacer daño a alguien o de hacerle un bien, respectivamente. Mi Padre y yo somos Uno.

   9.- Las llamadas ampliaciones de conciencia no son sino pasos, a veces tímidos, a veces importantes, hacia la meta final de la identificación con todos. Con cada ampliación de conciencia aprendemos algo, conocemos más a Dios, puesto que el mundo no es sino la expresión de Dios, como nuestros cuerpos son la expresión de nuestro espíritu. 

  10.- Ya los mandamientos del Decálogo de Moisés dividen a aquéllos en dos grupos: los tres primeros, relativos a nuestra relación con Dios. Y los otros siete, a nuestra relación con los demás. Ahí esta comprendida toda nuestra vida, todas nuestras posibilidades, nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Pero siempre relacionados con alguien, con Dios o con los hombres, pero relacionados. Nunca solos, nunca aislados. 

   11.- Porque, o nos relacionamos con Dios o con los hombres o con ambos. No hay otra forma de vivir.
  
  12.- Por tanto, somos el custodio de nuestro hermano. Y es nuestra responsabilidad, no sólo lo que hagamos con nuestras posibilidades de evolución, sino con las de nuestro prójimo. Y cómo le ayudemos y le iluminemos y lo suframos y lo comprendamos y lo disculpemos. Y cómo compartamos con él sus alegrías y sus tristezas, sus frustraciones y sus éxitos. Sus fracasos y sus momentos felices. Porque, en última instancia, su felicidad es la nuestra y su dolor es el nuestro. 

  13.- El bien y el mal, desde este punto de vista de espíritus grupales, consisten, lógicamente, en lo que favorece la evolución de los demás, que favorece, a la vez, la propia; y lo que se opone o retarda la evolución de los demás, que se opone o retrasa igualmente la propia. 

   14.- Esa interdependencia con los demás no se limita, sin embargo, a la vida física. Continúa más allá, tanto en el Purgatorio como en los cielos. Sólo en el Segundo Cielo y, sobre todo, en el Tercer Cielo, el Espíritu tiene la sensación, pero sólo la sensación, de estar solo, de estar desnudo. Pero, aún así, no puede evitar actuar en función de sus hermanos. Y así, cuando elige los padres para su futura encarnación, tiene que recurrir a otros Espíritus Virginales y pedirles el favor de que lo acepten; y cuando confecciona los arquetipos de sus futuros vehículos, lo hace en función de sus deudas o créditos kármicos derivados de sus relaciones pasadas con los demás y para enfrentar sus relaciones futuras con ellos. Y las facultades que pueda exhibir a través de sus cuerpos, dependerán de cómo fue su convivencia con sus semejantes. 

   15.- En España, hace ya años, cuando aún el dueño de algo lo era con exclusividad, se acuñó la frase jocosa: “Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema, señor conde”. Hoy ya toda la población es consciente de que”, “cuando un bosque se quema, algo de todos se está quemando”. Cuando estudié la carrera de Derecho, hace ya demasiados años, el derecho de propiedad o dominio se definía como “la facultad de usar y abusar de lo propio”. Hoy esa definición ya no es válida. Hoy, las leyes ya reconocen que el dueño de una obra de arte, por el hecho de serlo, no puede destruirla ni perjudicarla, porque, si bien es suya, en cuanto a su valor artístico, es patrimonio común. Y, por tanto, si la destruye, comete un delito, tipificado en el Código Penal. Y ya es delito polucionar los ríos, y los lagos, y la atmósfera y el mar. Ya nos hemos dado cuenta de que todos dependemos de todos, de que nadie es autosuficiente y todos necesitamos a los demás. Y esa es la justificación, cada vez más aceptada, de que al delincuente se le separe de la sociedad, a la que perjudica con su conducta pero que, apenas rehabilitado - y ésa es la principal responsabilidad del estado con los presos - se le reintegre a su puesto en la sociedad para que empuje el carro de la evolución común, aportando sus talentos en bien de todos. 

  16.- La Ley natural establece que es imposible avanzar en la evolución si no se tiende la mano a los que van detrás. Y las leyes naturales no fallan. Son la manifestación de la voluntad de Dios, que todo lo ha concebido y creado así. 

   17.- Las normas de Cristo: “Compórtate con los demás como a ti te gustaría que ellos se comportasen contigo”, “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y “Amad a vuestros enemigos”, nos están diciendo claramente que todos somos uno. De otro modo, ninguna de estas frases tendrían sentido: - ¿Por qué he de hacer a los demás lo que me gustaría que me hiciesen ellos? Lo normal, para la mayor parte de la gente, que se considera ajena al prójimo y hasta antagonista suya, sería que los demás me hiciesen lo que me gusta y yo hacerles a ellos lo que me apetece o me conviene. - Y ¿por qué he de amar a los demás como Cristo amó a sus discípulos? Lo normal, para el hombre que aún no ha despertado, es no amar nada más que a los que le conviene o a los que le apetece amar, por razón de parentesco o de amistad, pero no a los otros. - Y, ¿por qué he de amar a los demás como a mí mismo? Lo normal, para el hombre medio, es amarme yo sobre todo y por delante de todos. - Y, ¿por qué he de amar a mis enemigos? Lo normal, para la mayor parte, es combatirlos, vengarse, hostigarlos, eliminarlos… cualquier cosa menos amarlos, pues no han hecho ningún motivo para ello. Claro que esas interpretaciones, lógicas desde el punto de vista mundano y materialista, caen por su base si se comprenden y resultan, no sólo aceptables, sino perfectas, las exigencias iniciales, si se parte de la base de que todos formamos un conjunto que evoluciona a la vez y que, por tanto, esa evolución nos incumbe a todos por igual. O, mejor dicho, nos afecta a todos por igual, pero incumbe más a los más avanzados, puesto que son los que más ven, los que más saben y, como consecuencia, los que más pueden. - ¿Y por qué he de, como aconsejaba Cristo, ayudar al desvalido y sacrificarme por mi prójimo? ¿Qué sentido tiene un mandamiento de ese tenor si no parte de la base de que ese desvalido y ese prójimo, desde un punto de vista más elevado - el punto de vista del propio Cristo: “El Padre y yo somos uno” - son yo mismo? Tengamos en cuenta que Cristo utiliza como vehículo de conciencia el Espíritu de Vida y en ese plano, ha desaparecido ya toda separatividad. Por eso todas las religiones aseguran que los mundos inferiores a él: el Mundo del Pensamiento, el del deseo y el físico, son mundos de ficción. 

  18.- Comprendido, pues, que estamos todos los hombres embarcados en la misma nave y a todos incumbe remar y todos hacia el mismo puerto, ya podemos considerar nuestra vida y repasar nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestros deseos y nuestros actos y descubrir hasta qué punto estamos perjudicando a alguien y, por tanto, indirecta y estúpidamente, a nosotros mismos. Porque, si cada pensamiento sobre nuestro prójimo, sabemos que le llega inevitablemente y le afecta con toda seguridad, haciéndole bien o mal, según su contenido, habremos de cuidar nuestros pensamientos. Porque, no sólo seremos responsables de las consecuencias negativas que ese pensamiento nuestro produzca en él, sino del adelanto o retraso que para toda la Humanidad suponga nuestro pensamiento. Y, si cada deseo, emoción o sentimiento relativo a nuestro prójimo, le afecta sin que lo podamos evitar y nos hace responsables de esa influencia, tendremos que vigilar cuanto deseemos para él y cuanto sintamos con relación a él, así como nuestras emociones a él referidas, también desde el punto de vista del karma individual y del grupal.

  19.- Estamos, pues, a un paso de razonar: Si nuestro cuerpo físico es un trozo del cuerpo físico de Dios. Y nuestro cuerpo etérico es un trozo del cuerpo etérico de Dios. Y nuestro cuerpo de deseos es un trozo del cuerpo de deseos de Dios. Y nuestro cuerpo mental es un trozo del cuerpo mental de Dios, podemos seguir hacia arriba y concluir que nuestra vida es también una parte de la vida de Dios. Y ésa es la explicación de que la muerte prematura e injusta de los demás nos afecte y nos duela. Porque es parte de nuestra misma vida la que se frustra. Y justifica el que ya declaremos y reconozcamos en todas las leyes el derecho a la vida, comprendiendo que el hombre no tiene ninguna atribución sobre ella.

  20.- La Ley de Retribución necesita como base y como justificación el que todos seamos uno: Como todos somos uno, el mal que hacemos a otros, lo hemos de experimentar nosotros, para que no lo volvamos a hacer, pues retrasamos la evolución de todos. Tengamos en cuenta, además - y eso ratifica lo dicho - que, no sólo existe un karma individual, sino que existen también un karma familiar y un karma regional y un karma nacional y un karma mundial. Y esos karmas, por definición colectivos, son el resultado de las actuaciones individuales de todos o de algunos de sus miembros en tanto en cuanto producen efectos sobre el colectivo de que se trate. Fijémonos en una aplicación de la ley del karma en el mundo físico, que nos aclara la interdependencia inevitable entre todos: Cuando se celebran elecciones legislativas, todo el mundo tiene derecho a votar a quien tenga por conveniente. Pero luego, una vez elegido el gobierno, todos hemos de experimentar las consecuencias que del voto mayoritario se deriven, aunque el nuestro no haya participado en esa designación o ni siquiera hayamos votado. Eso no tendría razón de ser si no subyaciera la idea de que todos somos uno, de que todos forjamos nuestro presente y nuestro futuro. Para comprenderlo mejor, consideremos otro ejemplo más próximo: Nuestro cuerpo dispone de varios órganos, cada uno de los cuales está compuesto de células especializadas y realiza una función determinada para mantener la salud del conjunto. Pues bien, si, por ejemplo, un día comemos en exceso y nos producimos una indigestión, las células que comieron de más - las neuronas que dieron la orden de comer en exceso, los músculos que trabajaron para masticar, insalivar, deglutir, etc. - no son las únicas que sufren las consecuencias de la indigestión, sino que ésta repercute en todo el organismo. De modo que, en última instancia, las células causantes se verán también afectadas negativamente por su acción. Pero esa acción perjudicará a todas las células del organismo. Nosotros, los humanos, somos simples células de Dios y, en conjunto, constituimos un órgano de Dios. Y ya sabemos que “como abajo, es arriba”.

   21.- La Ley del Karma, pues, por eso no nos sitúa aislados, en un desierto, sino en medio de la gente, donde podamos relacionarnos y colaborar en la labor común.

   22.- La próxima vez que renazcamos todos los aquí presentes, será ya en plena era de Acuario. Aproximadamente dentro de mil doscientos años. Eso nos obliga a pensar un poco. Hagámoslo: En los últimos cincuenta años - desde que entramos en la zona de penumbra de Acuario - la ciencia ha avanzado más que en toda la historia conocida. Y raro es el día en que no nos trae un nuevo invento o hallazgo o descubrimiento. Eso es innegable y ya casi ni nos sorprende. Pero, ¿cuánto ha avanzado el hombre, en términos generales, en esos cincuenta años? Más aún que la ciencia. De otro modo, no se hubieran producido esos descubrimientos y hallazgos. Pero, además, la mente humana ha dado un salto hacia delante importantísimo, debido a la alfabetización, a la escolarización obligatoria, a las ideas, que ya forman parte de la conciencia colectiva, de la igualdad de derechos - los derechos del hombre, de la mujer, del niño, etc. - de la democracia y, sobre todos, a los medios de comunicación, que nos han proporcionado y nos siguen proporcionando a todos las mismas noticias y conocimientos y nos han igualado en casi todo. Y todo el mundo está informado de lo que ocurre en el planeta, cosa impensable hace tan sólo esos cincuenta años. Y puede opinar, con mayor o menor acierto, pero puede opinar, tiene opinión, cosa que antes no tenía. Y tiene aspiraciones, cosa imposible hace aún pocos años. Y tiene derechos. Y se le reconocen. Bien, dadas esas premisas, si la evolución científica sigue a ese ritmo y la evolución mental y ética y de convivencia también - y nada nos hace pensar que no vaya a ser así - si en cincuenta años, para los que tenemos más, el mundo de hoy es un desconocido comparado con el de nuestra juventud, ¿quién puede ni siquiera imaginar adónde habrá llegado la ciencia y hasta qué nivel habrá desarrollado el hombre sus capacidades, dentro de mil doscientos años? No cabe duda de que, cuando nazcamos la próxima vez, vamos a estar rodeados - nuestros padres, nuestros parientes, nuestros amigos, nuestros compañeros, etc. - de gente casi infinitamente más evolucionada que nosotros. Porque nosotros renaceremos con el bagaje que hayamos acumulado hasta el fin de esta encarnación. Pero, ¿qué podremos hacer con esas facultades y esas capacidades mentales y espirituales y con esa debilidad de carácter que aún nos caracteriza y con esa voluntad aún no dominadora? Si bien se examina, y dado que la evolución no da saltos, no podremos improvisar avances significativos, aunque en nuestro entorno todo esté mucho más avanzado. Cada uno da de sí lo que puede y no más, lo que ha conquistado con su esfuerzo. Por tanto, si no nos esforzamos ahora, en esta encarnación, en lo que nos queda de vida, corremos el riesgo de, cuando renazcamos, hacerlo mucho más atrás de lo que ahora estamos con relación a la masa de la humanidad. De ahí la necesidad de esforzarnos. Max Heindel sí que afirmó que la evolución se va acelerando y que, por tanto, los últimos estadios de cada Períodos son siempre más cortos que los primeros, puesto que se trata de recapitulaciones, y no ya de innovaciones y hallazgos y vivencias nuevas. 

  23.- ¿Cómo hemos, pues, de vigilarnos? ¿Cómo hemos de saber si vamos bien, si estamos avanzando o no? ¿Existe un medio, un sistema para medir nuestra elevación, nuestro avance o retroceso en el Sendero de la evolución? Pues sí. Existe un medio, un termómetro que quiero recomendaros y que todos podemos o, mejor, debemos emplear, de vez en cuando, para conocer nuestro estado evolutivo, para medir nuestra “fiebre” espiritual. Sólo que ese termómetro funciona al revés que los que ordinariamente usamos para medir la fiebre física. En ese termómetro, cuando más baja es la gradación, más grave es nuestro estado espiritual y cuanto más elevado sea el dígito, mejor es nuestra salud. Es un termómetro muy práctico y que cualquiera puede aplicarse en cualquier momento. Sólo puede marcar siete escalones, siete grados. Y, dicho esto, vamos a intentar describir brevemente qué indica, desde el punto de vista espiritual, cada uno de esos grados. Lo mismo que los termómetros, que nos miden la temperatura corporal, se basan en el nivel medio del hombre sano, que es de 37 grados, el termómetro que yo propongo y que mide nuestra temperatura espiritual se basa en el mandato de Cristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo y compórtate con él como a ti te gustaría que él se comportase contigo”. En el termómetro físico, estar por encima de 37 supone estar enfermo. Y, cuanto más se eleva el mercurio, más graves estamos. En el termómetro espiritual, el cuatro marca la salud. Lo que esté por debajo - ya hemos dicho que estaba invertido - señalará el grado de gravedad espiritual que nos afecta. Y lo que esté por encima, el grado de salud de que disfrutamos. 

    Pero, ¿cuáles son esos grados? 
   Vamos a describirlos brevemente: 

    El primer grado, el inferior, el que indica mayor gravedad y, por tanto, menor evolución espiritual, es el que ostentan los que se guían en la vida, exclusivamente, por las necesidades vitales, los que se preocupan sólo por comer, reproducirse, estar seguros, abrigados, etc., sin más miras que la simple supervivencia. Por eso se llama el Grado de la Supervivencia. En la sociedad occidental hay muy poca gente - aún la hay en algunas zonas semisalvajes - en este nivel de evolución. 

  El segundo grado, que supone haber experimentado ya una ampliación de conciencia, que ha quedado centrada en este escalón, se denomina Grado del Placer. y se encuentran en él quienes hacen del placer el objetivo de su vida. Y, así como en el primer grado nos resulta difícil encontrar a alguien, en el segundo es de lo más sencillo. Todos conocemos gente cuyo principal objetivo en la vida, al cual sacrifican otras cosas, desde otros puntos de vista más valiosas, es el placer. Para unos será la mesa, el bien comer; para otros, el sexo, y vivirán pendientes de él, supeditando todo a las satisfacciones sexuales; habrá quienes se sitúan en este segundo grado por medio del juego, y sacrifican familias, bienes, trabajo, etc. a ese placer que les domina; habrá quienes optan por sustancias perniciosas, bien se trate del alcohol, el tabaco o las drogas propiamente dichas, en todas sus vertientes, que sacrifican también a ellas tantos valores… No hará falta seguir enumerando vicios de este nivel, puesto que todos lo podemos hacer fácilmente. Recordemos el mito de Deméter y Erisictón que, por su impiedad, fue castigado con un hambre insaciable y acabó devorándose a sí mismo. Y recordemos el célebre y conocido “Gaudeamus”, cuyo texto dice: 

Gaudeamus igitur” 
juvenes dum sumus.
 Post jocundam juventutem,
 post provectam senectutem, 
nos habebit humus. 

Que, traducido, quiere decir:

 Alegrémonos, pues, 
mientras somos jóvenes porque,
tras la alegre juventud,
 tras la provecta senectud,
 nos poseerá la tierra. 

     El tercer grado es el del Poder. Y están incursos en él los que hacen del poder, en sus infinitas vertientes, el objeto de su vida, aquello en lo que centran su conciencia de modo preferente y para cuya satisfacción, realmente viven. Todos buscamos amor de un nodo instintivo, porque el amor es la sangre de la Creación y lo impregna todo y lo cura todo y lo unifica todo. Pero, cuando esa búsqueda y, sobre todo, su objetivo, se interpreta mal, se termina centrado en este grado de la evolución. Y están en él los gobernantes, políticos, financieros, militares, jerarquías religiosas, etc., lo cual los sitúa muy lejanos a nosotros. Pero están también incursos en este defecto el padre que abusa de su autoridad obligando a los hijos, porque él manda, a hacer lo que les ordena; y el jefe déspota, que no admite límites a su autoridad ni contradicción a sus opiniones; y el orgulloso, y el soberbio, y el hipócrita y el calumniador y el adulador y el envidioso y el cruel y el separatista; y nos abocan a este defecto las modas, los títulos nobiliarios, los honores, las ostentaciones, etc. Por tanto, no nos engañemos, estamos todos incursos con frecuencia en este nivel. Y los medios de comunicación, sobre todo, son los encargados de tentarnos y probarnos e ir robusteciendo nuestra voluntad - a fuerza de hacernos caer - y desarrollando nuestro discernimiento para poder racionalizar esas actuaciones y darnos cuenta de que, contra lo que parecería, nada nos aportan, nada añaden a nuestra verdadera valía: ni nos proporcionan un solo día de vida, ni nos hacen más altos o más inteligentes o más simpáticos ni más sanos, ni nos permiten avanzar ni un milímetro en la evolución.

     A los tres primeros grados se refería el primer mandamiento del Decálogo: "No tendrás otro Dios más que a mí"

   Con esto hemos llegado al cuarto grado, que es el primero positivo, es decir, el primero que indica salud espiritual. Los tres ya estudiados expresan nuestra enfermedad interna, nuestro retraso evolutivo, nuestro rudimentario grado de discernimiento, nuestra flaca voluntad, nuestro carácter aún no maduro, nuestra mente aún dominada por los deseos.

    El cuarto, pues, el Grado del Amor, es el primero positivo, el que indica que estamos cumpliendo el mandato de Cristo y, por tanto, estamos sanos. Ama a tu prójimo como a ti mismo

    Cuando la conciencia se ha ampliado hasta llegar a este grado, ya hemos descubierto el amor, el verdadero amor, lejos de su interpretación sensual y sexual, el amor que sale del corazón y de la inteligencia. Recordemos que la nota clave de Cristo es Amor-Sabiduría, o sea, amor inteligente, es decir, con discernimiento, e inteligencia amorosa, es decir, una inteligencia sobreponiéndose a los deseos y sirviendo al fin cósmico de la unificación mediante el amor. Según un Maestro, “el Amor es “la percepción comprensiva exenta de crítica.”

  Cuando seamos capaces de amar a los demás - incluidos los enemigos - como a nuestros propios hijos, estaremos en ese nivel. Y eso no es difícil, cuando conocemos las Enseñanzas y sabemos que, en realidad, lo estamos haciendo en cada encarnación, porque nuestro hijo de hoy, por el que haríamos cualquier sacrificio en base a nuestro amor, fue en una vida anterior, casi con toda seguridad, uno de nuestros más acérrimos enemigos. Y que otro tanto sucede, en cada encarnación, con los que aparecen como nuestros parientes y amigos más próximos, a los que debemos servir con amor y desinteresadamente.

   El quinto es el Grado de la Abundancia. Se da cuando, habituados a tener la conciencia centrada en el Amor, las leyes naturales, especialmente la de Atracción, empiezan a trabajar a nuestro favor. Y así, las cosas nos salen indefectiblemente bien, y las ocasiones de servicio se multiplican, y la sensación de felicidad nos embarga, y el temor desaparece, y nos sentimos como protegidos y queridos y auxiliados en todo lo que hacemos. Recordemos: Lo demás se os dará por añadidura. El sexto es el Grado de la Observación. En él, convencidos ya de la inanidad de los bienes materiales y comprendido el entramado de las relaciones sociales, nos convertimos en observadores de nuestra propia actuación, como actores en el escenario de nuestra propia vida. Nos observamos imparcialmente y comprendemos, mejor aún, la trama de la existencia, y aprendemos a excusar a los que fallan y a ayudar a los que lo necesitan, sin más motivo que el de haber comprendido cuál es nuestro papel en la tierra y en la evolución de la oleada de vida humana.

   -Ninguna de estas cosas me conmueve (San Pablo).

La muerte
Porque, lo que a ella le importa,
terminada la función, 
no es el traje sino,
en esta vida corta, 
cuál fue la interpretación del personaje.
(de El Viaje Interior) 

    El séptimo es el Grado de la Unificación. El más elevado. Supone haber alcanzado el nivel evolutivo en el que termina nuestra etapa actual. En él nos sentimos uno con todos. Seguimos siendo nosotros, pero sabemos que todos están en nosotros y que nosotros estamos en todos. Y que no existe la vida separada. Y que todo es un gran Todo. Y que hemos estado engañados por una visión distorsionada de la realidad. Que, como dice San Pablo, hemos estado mirando el mundo como a través de un cristal ahumado. Y que nunca hemos estado solos. Y que somos una parte de Dios, que nos está permanentemente compenetrando con Su amor. Y que no hemos volcado nuestra individualidad en la Totalidad, sino que la Totalidad se ha volcado en nosotros. 

   Por supuesto, nadie es capaz de permanecer de modo permanente en un grado determinado. A lo largo del día, todos pasamos por diversos grados. Pero lo importante, lo verdaderamente importante, es que sepamos: 

  1º.- Que los tres grados inferiores son negativos, es decir que, mientras tengamos centrada la conciencia en su satisfacción,, estaremos negativos, retrocediendo en nuestra evolución y creando un karma que habremos de afrontar en el futuro. 

  2º.- Que podemos pasar, a voluntad, de un grado a otro. Lo cual quiere decir que no podemos echar la culpa a nadie de nuestra negatividad. Porque, apenas nos demos cuenta de que, en un momento determinado, estamos negativos, podemos subir hasta cierto grado, con lo cual cambiará totalmente nuestra escala de valores y nuestro punto de vista se verá rectificado correctamente para que nuestra visión de las cosas se ajuste a lo que las leyes naturales establecen.
   3º.- Que:

- Mientras esté nuestra conciencia centrada en los tres niveles inferiores, predominarán en nosotros las vibraciones del Purgatorio

- Si la situamos en el cuarto grado, estaremos disfrutando las vibraciones del Primer Cielo, donde aún hay emoción, pero le mente se ha impuesto al deseo;

- Si en el quinto, las vibraciones serán las del Segundo Cielo, es decir, la de la Región del Pensamiento Concreto, donde se encuentran los arquetipos de todo lo existente y donde ya no hay emoción, sino mentalidad pura, inteligencia activa. 

- Si la tenemos centrada en el sexto grado, estaremos disfrutando las delicias del Tercer Cielo, la Región del Pensamiento Abstracto, donde se encuentra nuestro Yo Superior, el Observador Silencioso

- Y, si logramos centrarla en el séptimo grado, estaremos viviendo en el Mundo del Espíritu de Vida, donde la separatividad no existe, donde somos uno con todos y con todo, donde Cristo tiene situada Su conciencia. 

   Como vemos por esta pequeña excursión, para comprobar nuestro grado de salud física, podemos ponernos el termómetro clínico. Pero, cuando queramos conocer nuestro grado de espiritualidad en un momento dado, debemos ponernos el termómetro que algunos amigos ya llaman “de Paco Nácher.”  Y debemos hacerlo, por la cuenta que nos trae.

  Nuestro comportamiento con los demás, por tanto, es importantísimo para nosotros mismos y para toda la Humanidad, de la que no podemos, en modo alguno, separarnos. Tengámoslo presente y no nos arrepentiremos.

    Creo conveniente terminar esta conferencia con unos poemas, de mi autoría, que ilustran lo tratado:

 DEJA QUE ME SUMERJA EN TI... 

Deja que me sumerja en Ti, Señor;
deja que me zambulla en Tus colores;
 deja que me disuelva en Tus olores;
 deja que me difunda en Tu calor; 

deja que me transforme en Tu conciencia;
 deja que sienta cómo el tiempo huye
 y pasado y futuro, juntos, 
fluyen en un presente lleno de presencia; 

deja que, siendo yo, pueda ser todos,
 y que todos en mí tengan cobijo;
 y que, siendo yo Tú, Te sienta mío,
 y Tu son y mi son sean uno solo;

 deja que la belleza de Tu obra 
me impregne todo de su maravilla,
 y que Tu amor transforme mi semilla
 y me reparta por la Tierra toda, 

y llegue a todas partes, y de todas,
 reciba dicha, amor y fe y sosiego
y plenitud y risa y agua y fuego 
y en mí se fundan todas esas cosas;

y, unido a todo y difundido en Ti, 
sea dios y hombre, absorto y absorbido, 
porque, Señor, yo siempre, sólo he sido 
una parte de Ti viviendo en mí.

LA PLENITUD 

¿Qué total plenitud, qué suave calma, 
qué dulce bienestar, qué fuerza inmensa,
 qué visión, qué sentir, qué vida intensa,
 qué amor inacabable embarga el alma! 

¡Qué verse en todo y todos reflejado, 
y sentir como todo está en nosotros,
 y saber que no existen ya los otros
 porque nada es ni vive separado! 

Todo está en Dios y Dios se encuentra en todo; 
y nuestro Yo es de Dios sólo una parte; 
y todo Su saber es, de otro modo, 
nuestro saber y nuestra ciencia y arte; 
y nuestra vida encuentra su acomodo 
en todo ser, y en todos se reparte. 

¡Sublime situación, inconcebible, 
imposible y real, inexpresable, 
sentida intensamente, incomprensible
 mas comprendida, cierta, inolvidable!

*

No hay comentarios:

Publicar un comentario