martes, 21 de abril de 2015

La mañana mágica

LA MAÑANA MÁGICA 
por Francisco-Manuel Nácher

     Mount Ecclesia es un lugar especial. Todos lo sabemos. Y los que han estado allí, con más motivo. No en balde fue elegido por el Hermano Mayor. Y no en balde convergen allí, por un lado, las energías telúricas propias de un lugar tan especial; por otro, las que se enfocan desde lo alto por las Jerarquías; luego, las evocadas por todos los Centros, probacionistas, estudiantes y enfermos que han solicitado sanación, de todo el mundo; y, últimamente, las que se evocan cada día desde la Capilla, el templo del Healing y el Templo propiamente dicho, durante los respectivos Servicios Devocionales.      Depende de la sensibilidad de cada uno el que experimente allí algún fenómeno particular o no. Generalmente, no se da uno cuenta mientas está allí de que es un lugar especial. Suele ser luego, cuando se regresa a casa, cuando se apercibe de que, durante su estancia en Mount Ecclesia, no se encontró en su estado normal, el de siempre, sino que fue algo distinto. Una especie de conciencia ampliada, de aceleración interna y de apertura desacostumbrada a la devoción, la amistad y la alegría interior. 
     Por supuesto que mis vivencias son sólo mías y nadie tiene por qué aceptarlas, ni yo tendría por qué hacerlas públicas. Pero, como considero que no debe ser el mío el único caso y estoy seguro de que puede ayudar a alguien, voy a relatar una experiencia vivida allí el 13 de julio último.
     Todas las mañanas, antes de entrar en la Capilla para asistir, a las 7,45 al Servicio matutino, me desviaba unos minutos y me introducía en el denominado “Meditation walk” o “Paseo de la Meditación”. No sabría decir por qué, pero aquel estrecho pasillo asfaltado, entre paredes de flores, arbustos y árboles resplandecientes de luz y color, me atraía de un modo particular. Especialmente, experimentaba esa atracción en una zona en que se encuentran unos árboles, para mí desconocidos que, cubiertos de flores esféricas y plumosas de todos los tonos imaginables del violeta, cubrían, como un techo protector, al paseante. Todos los días, al pasar por allí, me detenía un momento. Sentía algo especial, pero era una sensación inconsciente, no percibida, no hecha propia, más bien una inclinación a actuar así. 
  A esos árboles seguían flores de todo tipo y color, que abarrotaban, a ambos lados, el campo visual. Era como pasear por el arco iris. El Meditation Walk comunica los alrededores de la Capilla con los alrededores del Templo, pasando junto al Healing, en que se encuentra la pequeña Capilla de tal dependencia. Pero, antes de llegar a ella, la parte derecha del camino quedaba despejado en parte y desde él se dominaba, allá abajo, el enorme Valle de San Luis Rey, cuya vista quedaba atravesada verticalmente por un bosquecillo de treinta o cuarenta enhiestos postes de pitas florecidas, coronados por sus hermosas inflorescencias arracimadas, de un amarillo brillante, que destacaban llamativamente sobre el azul del cielo, y eran visitadas asiduamente por una serie de rapidísimos colibríes, ávidos de su néctar, que libaban gráciles, introduciendo sus largos picos en las flores, mientras se mantenían, inmóviles, en el aire, aleteando a velocidad vertiginosa. 
    Este paseo me alimentaba cada mañana, me hacía vislumbrar algo que me atraía y que no acababa de concretar, pero que bullía dentro de mí. Era como una promesa de algo, una desazón parecida a la que nos embarga anunciándonos la inminencia de la lluvia o del fogonazo del relámpago o de la caída de la nieve. Me gustaba, pues, pasear un cuarto de hora por allí, rezando el Padrenuestro, hasta que escuchaba la campana, a las 7,30, que anunciaba la apertura de la puerta de la Capilla y la posibilidad de penetrar en ella y meditar un cuarto de hora al arrullo de la suave e inspiradora música de órgano que brotaba del altavoz allí instalado. Era, pues, aquélla una hermosa manera de comenzar el día. Y así inicié todos los que pude.
   Hasta que una mañana, precisamente la del citado 13 de julio, sucedió: 
  Llegué bajo los árboles vestidos de violeta, cuyos troncos bordeaban la parte derecha de aquel trozo del sendero; a sus pies y a mi izquierda y enfrente, en cuanto alcanzaba la vista, se extendía un abigarramiento de flores, una explosión de color, atravesado por una luz limpia y una brisa perfumada. Una fiesta para los sentidos… Me detuve para percibir más clara, más intensamente, aquella sensación especial de bienestar que, insensiblemente, me inclinó a empezar a rezar. Pero no recé como todos los días. No sabría explicar por qué, les dije, sin palabras, a todas aquellas flores, que iba a rezar el Padrenuestro y que iba a compartir con ellas sus intensas e indescriptibles vibraciones. Y, súbitamente, como ocurre en las películas cuando se cambia de plano, me di cuenta, supe con certeza, que todas aquellas flores estaban pendientes de mí y me estaban mirando. Me sorprendí. Mucho. Me asombró aquella situación, propia de un cuento de hadas. Incluso pensé que se debería a la presencia de algún otro ser de elevada espiritualidad, y miré, respetuoso, en mi entorno y hasta detrás de mí. Pero no. Las flores de todo tipo me estaban mirando ¡a mí! Pareció como si los procesos de la naturaleza se hubiesen detenido y lo más importante del mundo fuese aquella inusitada escena. Habían hecho girar sus tallos y estaban, como palpitando, pendientes de mí. Todas. Yo percibía perfectamente sus suaves corrientes de gratitud, que me rodeaban y me embargaban y elevaban mi vibración. Así que, impulsado por una inefable fuerza interior, comencé mi Padrenuestro. Entonces se produjo el segundo milagro: De un modo que jamás alcanzaré a explicar, al pronunciar la primera frase, la de adoración, pude elevarme muy, muy alto y… desde ese instante, sentí que todas las flores y los árboles y los arbustos y las hierbas y los colibríes estaban conmigo y me iban devolviendo con creces lo que yo les iba brindando. Yo iba recibiendo, muy perceptiblemente, las energías de lo alto, mientras caminaba, y las derramaba a mi alrededor. Y, al mismo tiempo que esto sucedía, me sentía uno con ellas. Y ese sentimiento de identificación, de unidad, me embargaba, me llenaba, me elevaba, me compenetraba. Experimentaba, sabía, vivía cómo todos aquellos seres sentían lo que yo y me lo agradecían y me rodeaban de un halo de gratitud y de amor inenarrables, que me llenaba de plenitud y de conocimiento y de vida, de verdadera vida. Los colores de las flores habían adquirido unos tonos vivos y hermosísimos, como jamás había visto; el cielo era más azul; la luz más brillante; los colibríes, a mi derecha, se arracimaban a decenas, revoloteando gozosos y agradecidos, más deprisa que nunca, mientras se bañaban felices en aquella vibración unificadora. Me sentí flor y árbol y brizna de hierba y brisa y cielo y colibrí, y supe que ellos se sintieron humanos. Formamos una inenarrable unidad de conciencia. Durante unos minutos, pocos pero eternos, compartimos todos la misma vida, el mismo amor que descendía de lo alto y la misma gratitud y devoción que se elevaban desde nuestro interior. Y experimenté, en toda su intensidad, una verdadera electrocución de amor. Y supe que las plantas y los pájaros también oran. Y perciben el amor. Y saben compartirlo. Y agradecen lo que por ellos se hace. Fue algo impagable el tener la ocasión de sentirse uno con todo aquel conjunto variopinto y hermoso y compartir con él la vida misma.         Aquel maravilloso y único hechizo se rompió cuando sonó la cantarina voz de la campana. Súbitamente, todo volvió a su estado anterior. Todo menos yo. Yo ya no he sido el mismo desde entonces. Me dirigí a la Capilla y agradecí, llorando, esta experiencia que me permitió comprobar en mi propia carne, que la vida es una y la misma, cualquiera que sea la forma que adopte, y que todos somos Uno en Dios

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